Cinco caricaturas sobre el yo


Recostado a la sombra de un neón, leo este libro maravilloso de miradas congeladas al ombligo. Me acuerdo del narrador de Memorias del subsuelo, Dostoievski, cuando decía que «La conciencia es una enfermedad». Por supuesto que lo es, pero de la que no nos podemos librar. El hombre del subsuelo está orgulloso de su conciencia y no le importa contagiar a los demás porque es lo único que tiene.

La primera mirada es la del discípulo. Observa al Yo como quien contempla un templo desconocido, con reverencia y un ligero miedo. Cree que allí dentro, en ese territorio aún no hollado, duerme alguna verdad luminosa. Pero a cada paso descubre sombras, restos de basura, silencios de impotencia teñida de profundidad. Y entiende entonces que aprender no es solo sumar conocimiento, sino despejar desperdicios, maquillaje y polvo. 

La segunda es la del orgulloso. Se mira y se celebra, incluso cuando la luz cae oblicua y revela las grietas. Construye castillos de palabras, inventa gestas, se vuelve héroe de sí mismo. Sin embargo, al menor roce del viento, su piel tiembla. ¿Qué es el orgullo sino el disfraz más frágil y desesperado para no sentir la lija de la duda?

La tercera mirada es la del penitente. Experto en pesar y contabilizar cada error, cada gesto, arrodillado ante su propia historia. No sé si quiere volver atrás, fascinado con paladear su culpa. No quiere corregir el trazo torcido, limpiar el agua enturbiada. Se alimenta de ella. Hace de la humildad prefabricada su identidad. 

La cuarta pertenece al soñador. Para él, el Yo es un territorio infinito, poblado de caminos que nunca terminan, ciudades que se erigen en la imaginación y se disuelven al alba. Ve lo que aún no existe y lo ama con una dulzura imprudente. Este es el que sonríe bajo la tormenta, el que persigue luciérnagas aun sabiendo su fugacidad. En su corazón habita el futuro, y cada latido es promesa. Pero cada día se despierta varias veces y luego tarda en dormirse.

La quinta mirada es la del sabio ridículo. No busca justificar ni condenar, no idealiza ni desprecia. Falso. Observa al Yo como se contempla un río en constante cambio, sin principio ni fin. Falso. Sabe que somos todos esos reflejos, esa sucesión de rostros que se contradicen y se alimentan. Falso. Comprende que la identidad no es una piedra fija sino un agua en movimiento, siempre naciendo, siempre muriendo. Lo sabe, pero no lo cree. No existe. Es un trampantojo.

Acaso estas cinco miradas se quedan cortas, como estereotipos de lo que podemos ser. Somos discípulo, orgulloso, penitente, soñador y sabio, somos una multitud que se comporta como multitud, que no hay quien la entienda. Mostremos nuestra personalidad con orgullo y recato, parcialmente, desde nuestro mejor lado, maquillados y disfrazados, con miedo a que nos descubran. Ese es nuestro orgullo de ser.

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