Platón y la escritura


La escritura de Platón, llena de burlas y de giros dramáticos, parece querer mostrar que el texto escrito nunca puede contener la sabiduría viva del pensamiento. En el Fedro (275c–278b), Sócrates narra el mito de Theuth y Thamus: el inventor de la escritura ofrece su don al rey de Egipto, quien le responde que en realidad ese invento traerá olvido, no memoria, porque los hombres confiarán en los signos externos en vez de ejercitar su alma. Esa escena es una burla directa y hermosa al propio hecho de que ese mismo mito nos llega por escrito. En la Carta VII, Platón intensifica la idea de que no hay “logos sobre las cosas más importantes” que pueda ser expresado en palabras —a lo Wittgenstein—. El saber verdadero (epistéme) surge solo de una larga convivencia dialéctica y de una especie de iluminación interior (exáiphnes). Escribir sería, en ese sentido, una forma de traición o de disimulo. Por eso muchos intérpretes, desde Nietzsche hasta Derrida, han visto la escritura platónica como una ironía performativa: Platón escribe para mostrar lo que no puede escribirse. Cada diálogo se burla, en cierto modo, de quien espera obtener de él doctrina en lugar de ejercitar el pensamiento vivo.

 

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