Universo 25
Universo 25 fue un experimento, una novela que se escribió sola dentro de una caja de metacrilato. Calhoun, en ese sentido, no sería tanto un científico como un editor algo distraído que dejó a sus personajes a merced de una trama que, como suele ocurrir en las malas novelas contemporáneas, terminó por disolverse en sí misma.
El argumento es conocido: ocho ratones fundan una civilización en condiciones ideales, una especie de utopía higiénica donde nada falta excepto, quizá, aquello que nunca se mide en los laboratorios. Durante un tiempo, que en la escala de los ratones equivale a varias generaciones de entusiasmo, todo parece funcionar. La población crece, los cuerpos se multiplican, la vida se expande con esa confianza ingenua que tienen los comienzos, como si el mero hecho de existir garantizara su continuidad.
Pero luego ocurre algo que ningún manual de etología logra describir sin rozar la literatura. Aparece el cansancio invisible de la abundancia. Los ratones empiezan a comportarse como personajes que han olvidado su papel en la obra, y los machos se vuelven erráticos, violentos, casi paródicos; las hembras abandonan la narración reproductiva; y, en un rincón particularmente revelador, surgen “los guapos”, esos seres que renuncian a toda acción y se dedican exclusivamente a pulirse a sí mismos, como si hubieran comprendido que la historia ya no merece ser vivida.
Siempre me han interesado esos ratones Bartlebys. Son, en cierto modo, los únicos personajes lúcidos del experimento, aunque su lucidez adopte la forma de una retirada estética. No luchan, no aman, no destruyen, y se limitan a perfeccionar su superficie. En otra época habrían sido dandís; en la nuestra, probablemente tendrían una cuenta de Instagram con fotos desde su gimnasio.
Calhoun llamó a todo esto “behavioral sink”, un hundimiento conductual que suena a término técnico pero que, leído con cierta mala intención, podría traducirse como una especie de aburrimiento terminal de la especie. Porque lo verdaderamente inquietante de Universo 25 es la desaparición del deseo. Cuando los ratones dejan de reproducirse, lo hacen porque algo más profundo, la voluntad siempre involuntaria, se ha erosionado sin explicar los motivos.
El experimento termina con una lenta evaporación. Quedan veintisiete ratones ancianos, personajes secundarios olvidados en las últimas páginas, incapaces de reiniciar una trama que ya ha perdido toda la fuerza. Ninguno de ellos parece dispuesto a inventar un nuevo comienzo.
Imagino que Calhoun sospechó que su jaula era, en realidad, una alegoría demasiado evidente. Por eso se limitó a describir los hechos, con esa sobriedad de quien teme que cualquier interpretación suene excesiva. Pero la sospecha persiste porque Universo 25 ya no nos habla de ratones.










