Decepcionar es un placer, de Laurent de Sutter


Durante años creí que la decepción era un error de cálculo basado en expectativas demasiado altas, ilusiones mal entendidas o una contabilidad defectuosa del deseo. Luego descubrí, no sin cierta incomodidad, que la decepción era un fallo privado en ese “orden del mundo” que, con la discreción de lo evidente, nos asigna papeles, gestos y costumbres.

Leí a Laurent de Sutter en una tarde ligeramente improductiva —las únicas que de verdad cuentan— y tuve la impresión de que alguien estaba saboteando, con distinción, la maquinaria indetectable de la complacencia. Su tesis era simple: decepcionar puede ser una forma de libertad. Pensé en Diógenes de Sínope, claro, pero también en todos aquellos momentos en que uno ha dicho “no” sin saber exactamente a qué, y sin embargo ha salido de allí con la extraña sensación de haber vencido.

Decepcionar, en ese sentido, no sería un fracaso, sino una manera de romper la cadena de expectativas que otros —familia, trabajo, sociedad, ese ente difuso que siempre espera algo de nosotros— han ido depositando en nuestras espaldas. Hay, lo admito, un placer discreto en ese gesto de no cumplir, de desviar la trayectoria prevista, de abandonar el personaje justo cuando menos se lo esperan.

Y sin embargo, también hay algo enfermizo en esta celebración de la decepción. Una sospecha que aparece, como suelen aparecer las objeciones importantes, demasiado tarde. ¿Qué ocurre si todos decidimos, simultáneamente, ejercer esa libertad maleducada? ¿Qué queda entonces de los vínculos, de esa frágil arquitectura de promesas implícitas que permite que algo —una conversación, una amistad, incluso una sociedad— se sostenga más allá del capricho?

Sutter, con su prosa punzante, desmonta con precisión el chantaje emocional de las expectativas. Pero en ese desmontaje, quizá, deja sin examinar lo que podríamos llamar el reverso ético de la decepción que se dibuja en el rostro del otro cuando descubre que no seremos lo que se esperaba. Sartre habría hablado del infierno de los otros; Levinas, de su mirada. Aquí, en cambio, el libro guarda un silencio antipático.

Tal vez por eso el libro funciona mejor como gesto estético y lúdico que invita a desconfiar de la obediencia afectiva. Porque si es cierto que quien nunca decepciona a nadie suele haberse decepcionado antes a sí mismo, también lo es que una vida dedicada exclusivamente a decepcionar corre el riesgo de convertirse en una forma poco refinada de soledad.

Al final, uno sospecha que la decepción no libera ni condena por sí sola. Que es, más bien, un momento de verdad incómodo, un lugar de paso. Y que la auténtica dificultad —esa que ningún ensayo resuelve del todo— consiste en saber cuándo decepcionar y cuándo, contra toda tentación, cumplir.


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