El bulverismo me ataca despiadamente
El debate actual trata de diagnósticos morales, no es de ideas. La interpretación psicológica del otro es la confesión involuntaria de nuestra pereza lógica. Leo a C. S. Lewis y reconozco, con incomodidad, el vicio que denuncia. A veces, no refuto, diagnostico. Me descubro menos amante de la verdad que de mi propia lucidez aparente. Nada es tan sencillo como explicar al otro. El prejuicio disfrazado de análisis es la más refinada forma de ignorancia. No niego que el alma tenga heridas ni que las ideas nazcan a veces de escombros. Pero cuando convierto esa sospecha en argumento, abdico. Quien atribuye motivos evita examinar razones. Me ahorro el trabajo ingrato de pensar. He aprendido a disfrazar el prejuicio con lenguaje clínico. Todo dogma se protege atribuyendo locuras a quienes lo cuestionan. Llamo “contexto” a mi coartada. Y así, con bata invisible, declaro inválido al adversario antes de refutarlo. No dialogo, practico una autopsia prematura. El bulverismo es mi pereza elevada a método. Me permite tener siempre razón. Si el otro disiente, no me pregunto en qué yerra su argumento, prefiero centrarme en qué le duele o de dónde cobra, para pensar así. Y en esa pregunta, que parece profunda, se esconde mi renuncia. Sé que la tentación es proteger mis creencias atribuyendo locuras a los mercenarios que las cuestionan. Pero también sé que la verdad no necesita que yo sospeche del hombre que la contradice, es mejor que atienda a lo que dice. Refutar es arduo. Diagnosticar, fácil. Por eso sospecho de mí cuando soy rápido. Tal vez, si quiero pensar, deba empezar por una disciplina humilde y conceder al otro la posibilidad de tener razón, y a mí la obligación de demostrar que no la tiene. Porque el pensamiento libre no muere cuando se equivoca, solo cuando deja de discutir, empieza a diagnosticar al otro y la sospecha sustituye al argumento.










