Elogio de la inconstancia
Perseverar no es insistir, es recordar qué merece insistencia. Quien no duda de su propósito ya ha perdido parte de su libertad. La constancia es memoria del deseo antes de su corrupción. Se persevera mejor cuando uno sabe de qué debe desistir. La disciplina es una forma educada de fanatismo.
No se debe obedecer lo que un día nos pareció verdad y ahora no. La voluntad sostenida se convierte en cárcel si no deja entrar el aire de la duda. Quien se mantiene fiel a sí mismo suele ignorar cuánto ha cambiado. La tenacidad sin examen es una forma de pereza.
El sentido de la vida no está en la razón, está en el deseo. Los enfermos depresivos no necesitan razones para vivir, solo necesitan deseos de vivir; y el deseo no se engendra con la hermenéutica ni con la voluntad.
La constancia es el deseo de realizar aquello que ya no se desea; es la dictadura de un estado de conciencia pasado. ¿Por qué obedecer a un yo que ya no puede ilusionarnos? Muchos lectores han perdido el gusto por la lectura por la manía de terminar los libros que empezaron. Terminar no siempre es fidelidad, pues a veces es traición al deseo presente.
La constancia sin examen es obediencia; y obedecerse a uno mismo no asfixia menos que obedecer a otros. La constancia sin corrección es una marcha hacia lo inútil. Perseverar en lo esencial presupone saber discernir lo accesorio, y tener valor para abandonarlo. El arte no consiste en hacer todo lo que uno empieza, sino en elegir con acierto qué no hacer.
El arte de repetir sin traicionar la idea, de elegir acertadamente lo que no se hará. Todo hábito encierra una renuncia que la voluntad rara vez confiesa. Por eso, se persevera mejor cuando se sabe de qué desistir. Solo quien abandona a tiempo puede sostener a largo plazo lo esencial.
La disciplina puede ser fanatismo. Y, sin embargo, sin cierta disciplina no hay obra, solo impulsos dispersos. El equilibrio no está en elegir entre constancia e inconstancia, sino entre obediencia muerta y fidelidad viva.
A veces, el impulso verdadero se disfraza de deserción. Otras, la perseverancia es solo miedo a empezar de nuevo. Todo lo importante se construye con interrupciones. Porque vivir no es cumplir lo que uno se propuso, sino aprender, una y otra vez, qué merece ser cumplido.
