Moral y civilización. Una historia, de Juan Antonio Rivera


Podría decirse, aunque toda genealogía moral tenga algo de ficción retrospectiva, que venimos de una moral cálida, casi hogareña, de tribalismo y desconfianza hacia el forastero. Juan Antonio Rivera lo cuenta así: pequeños grupos, altruismo íntimo, y ese reverso inevitable de hostilidad hacia quien no comparte intereses del grupo.

En aquel entonces la guerra no era un accidente, era una especie de pedagogía. Enseñaba el heroísmo, el sacrificio, la virtud de morir por los nuestros. Virtudes, por cierto, hoy sospechosas, como si hubieran envejecido mal o como si el progreso consistiera precisamente en desconfiar de ellas.

Las ciudades, esa agrupación de extraños obligados a convivir, exigieron algo más que instinto. Se inventaron entonces ficciones más ambiciosas como las leyes escritas, jerarquías visibles, dioses omniscientes que, a diferencia de los viejos espíritus locales, no parpadeaban nunca. Quizá la moral empezó a enfriarse ahí, en ese momento en que ya no bastaba con querer a los cercanos.

La modernidad introdujo la mutación más radical del respeto impersonal. No amar al otro, pero tolerarlo; no conocerlo, y aceptarlo. El comercio, tan poco épico, hizo más por la convivencia que muchas gestas heroicas y enseñó a ver el extraño como una oportunidad, no como amenaza. Una transacción como forma mínima de paz.

En paralelo, según Wrangham, nos fuimos domesticando a nosotros mismos, expulsando nuestros propios excesos. Los individuos demasiado violentos dejaron de ser admirados y empezaron a ser eliminados del juego social. Una selección no natural, pero tampoco completamente cultural. Algo intermedio, como casi todo lo humano.

El individualismo occidental apareció entonces como una anomalía fértil. No porque celebre al individuo en abstracto. Acaso sea porque inventa instituciones capaces de protegerlo. Sin prometer igualdad de resultados —esa vieja tentación utópica— promete algo más modesto y, quizá más viable, como la igualdad de oportunidades y respeto mutuo entre desconocidos. 

Resulta tentador asociar este proceso con la opulencia material. Como si la riqueza multiplicara bienes y escrúpulos. Pero Rivera sugiere, con cautela, que allí donde el comercio prospera, la violencia retrocede. No por virtud y sí por conveniencia.

La moral, en cualquier caso, es una estrategia cambiante. Se adapta, muta, olvida. Lo que ayer fue virtud hoy puede parecer barbarie, y viceversa. De ahí la sospecha final hacia las utopías, esos sistemas cerrados que pretenden fijar de una vez por todas lo que siempre ha sido móvil. Acaso el error no esté en imaginar mundos mejores. El error es querer habitarlos sin ensayo ni error, sin ese margen de incertidumbre que, al fin y al cabo, es lo único que nos ha hecho moderadamente humanos.


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