El narcisismo como refugio


El narcisismo es una broma cruel del cosmos. Te nombra protagonista absoluto en medio de una cruel indiferencia. La sensación de ser al mismo tiempo el epicentro del universo y un punto infinitesimal. En un gesto de humor oscuro, nos otorga importancia absoluta mientras simultáneamente nos sumerge en la más rotunda nada. En un mecanismo de defensa, Narciso piensa: si el universo no me conoce, me reconoceré a mí mismo. No es una enfermedad del ego, sino un recordatorio de que la existencia oscila entre protagonismo, ilusión de control y el sentimiento de absoluta dependencia. Y entre la hybris y la némesis, surge el resentimiento. El narcisismo es una ironía cósmica. Narciso no se enamora de sí por exceso de ego, sino por falta de un espejo fiable. Su autoadoración es una respuesta al vacío ontológico. La oscilación entre la ilusión de omnipotencia y la caída sublime. La dialéctica que recorre la tragedia griega hasta la psicología contemporánea. Como el barón de Münchhausen, la autoafirmación sin trascendencia es el intento de sostener el propio valor, sentido y coherencia del yo dentro de un mundo concebido como cerrado sobre sí mismo, sin apelación a un afuera metafísico, religioso o cósmico que legitime ese valor. Todo lo importante ocurre aquí dentro y en este mundo. La realidad se entiende como un conjunto de hechos neutrales a los que después el sujeto atribuye valor, y la trascendencia queda expulsada del cuadro. En este marco, la identidad deja de apoyarse en un orden dado y se vuelve una construcción reflexiva, siempre inestable, que necesita reafirmarse. No se trata solo de subir la autoestima, sino de mantener la convicción de que uno es fundamentalmente bueno, competente y coherente. Esto se vuelve enfermizo con facilidad: hay que demostrar(se) constantemente valía a través de logros y aplauso social. El yo funciona como pequeño tribunal donde uno es juez y acusado, pero la claque decide. La cuestión de fondo no es solo si falta trascendencia, sino si la autoafirmación, dejada a solas consigo misma, puede producir algo distinto de ciclos de inflación y derrumbe del yo. Algo que tampoco evitan los que encuentran la panacea en el aplauso social. Pues la más sutil esclavitud es no saber reconocer a tu señor.

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