El liberalismo de la duda


Durante mucho tiempo, el liberalismo se presentó como una doctrina asentada sobre verdades firmes tales como los derechos naturales, las leyes morales objetivas o una idea racional del bien humano. Sin embargo, existe otra tradición liberal menos dogmática, más modesta, que no nace de la certeza, sino de la duda. Un liberalismo que no se apoya en el iusnaturalismo, sino en el falibilismo epistemológico, es decir, la convicción de que los seres humanos no tenemos acceso privilegiado a la Verdad última sobre cómo debe vivirse una vida buena.

Este liberalismo parte de la intuición sencilla pero potente de que nadie sabe lo suficiente como para imponer a los demás una concepción del bien. Cada individuo, situado en su contexto vital, es quien mejor conoce sus circunstancias, valores y proyectos. De ahí se deriva una exigencia moral mínima como respetar las decisiones ajenas mientras no impliquen abuso, daño o dominación sobre otros. 

El punto de partida moderno de esta tradición suele situarse en John Stuart Mill. En Sobre la libertad (1859), Mill no defiende la libertad individual porque crea que todas las elecciones sean correctas, sino precisamente porque pueden ser erróneas. La humanidad progresa —sostiene— gracias a la experimentación de modos de vida diversos. Silenciar una opción vital no solo oprime a quien la elige, sino que empobrece el conocimiento colectivo.

Esta idea se radicaliza en el siglo XX con autores como Friedrich Hayek y Karl Popper. Para Hayek, el problema central de la política no es moral, sino cognitivo, pues el conocimiento relevante para organizar una sociedad está disperso, es tácito y local. Ningún planificador, ningún legislador moral, puede reunirlo todo. De ahí su defensa del mercado, de normas generales y de un Estado limitado, no porque el mercado sea moralmente perfecto, sino porque es el mecanismo menos arrogante frente a nuestra ignorancia. Tanto la moral como el Estado tienen que ser reducidos al mínimo justificable. En el caso del Estado, para corregir externalidades al mercado y, en el caso de la moral y el derecho, para aumentar la libertad sancionado a los abusones.

Popper, por su parte, traduce el falibilismo científico en la filosofía política. Si todas nuestras teorías son conjeturas revisables, también lo son las teorías morales y políticas. La “sociedad abierta” no promete la felicidad, sino algo más modesto y más seguro, es decir, la posibilidad de corregir errores sin violencia. El liberalismo, en esta clave, no busca realizar utopías, sino evitar desastres. 

El golpe definitivo al liberalismo fundacional lo da Isaiah Berlin. Su pluralismo del valor sostiene que los fines humanos son múltiples, incompatibles y, a menudo, inconmensurables. Libertad, igualdad, seguridad, creatividad, fe, pertenencia... No existe una jerarquía racional definitiva entre ellos. Pretender imponer una sola concepción del bien —religiosa, moral o ideológica— conduce inevitablemente a la opresión.

Bien líquido; mal sólido: abuso, arbitrariedad, opresión.

De esta constatación nace la defensa de la libertad negativa, un espacio protegido frente a la interferencia, donde individuos y comunidades puedan perseguir fines distintos sin aniquilarse mutuamente. No porque todos los fines sean igualmente valiosos, sino porque no hay árbitro último capaz de decidir por todos. 

Este liberalismo de la duda no es relativista ni amoral. Autores como Judith Shklar lo expresan con claridad al hablar del “liberalismo del miedo”. No necesitamos acordar qué es la vida buena, pero sí podemos coincidir en lo que debe evitarse. La crueldad, el abuso de poder, la humillación, la violencia sistemática. La moral liberal mínima no dice cómo vivir, sino cómo no tratar a los demás. Incluso pensadores como John Rawls, en su etapa madura, asumen este giro. En Liberalismo político, Rawls abandona la búsqueda de fundamentos morales últimos y parte de un pluralismo razonable. En sociedades libres, personas racionales discrepan profundamente sobre el bien. La justicia, entonces, no se basa en una verdad moral única, sino en reglas de convivencia que puedan ser aceptadas desde doctrinas distintas. 

En un contexto marcado por polarización, populismos morales y tentaciones autoritarias —tanto desde la derecha como desde la izquierda— este liberalismo falibilista resulta incómodo. No ofrece certezas redentoras ni identidades morales fuertes. Ofrece algo menos épico, pero más sostenible: humildad, tolerancia y límites al poder. 

No promete que cada elección individual sea correcta, ni que el mercado o la democracia produzcan resultados justos en todo momento. Promete, en cambio, algo crucial, que nadie pueda arrogarse el derecho de vivir la vida de los demás en su nombre. En tiempos en que muchos creen haber encontrado de nuevo la "verdad", quizá convenga recordar que la libertad política nació, precisamente, del reconocimiento de que no la tenemos.






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