The Trainee, Pilvi Takala


 

En el año 2008, algunos empleados de una de las oficinas de la empresa de contabilidad Deloitte mostraron su preocupación por el comportamiento de una nueva empleada. En medio de aquel bullicioso ambiente de trabajo, aquella joven parecía no hacer nada, salvo estar sentada a un escritorio y mirar al vacío. Cada vez que alguien le preguntaba qué hacía, ella respondía que «trabajo de pensamiento», o que «trabajaba en su tesis». Entonces, un día, se pasó todo el rato subiéndose a los ascensores y bajándose de ellos. Cuando un compañero de trabajo la vio y le preguntó si ya estaba «pensando otra vez», ella replicó: «Me ayuda a ver las cosas desde una perspectiva distinta». Los demás empleados empezaron a inquietarse. Y se inició el envío de correos internos urgentes. Según se supo luego, el personal de la empresa estaba formando parte, sin saberlo, de una performance titulada The Trainee. La empleada silenciosa era Pilvi Takala, una artista finlandesa conocida por unos vídeos en los que, en silencio, amenaza las normas sociales con unos actos muy simples. 

En The Trainee, Pilvi Takala instala la anomalía. Una joven ocupa un escritorio, pero su quietud perfora la cotidianidad. No produce, y lo que es peor, no simula que produce. Simplemente está. Y en ese estar, desnudo de objetivos, el tiempo corporativo comienza a deformarse. Las horas se espesan, la ineficiencia se vuelve sospechosa, la normalidad revela su fragilidad. Ese gesto dedicado en plenitud a no hacer nada adquiere contundencia. La oficina, el espacio diseñado para la circulación constante de tareas y voluntades, reacciona como un organismo atacado por un virus invisible. Los compañeros observan, murmuran, sospechan. La inactividad se convierte en espejo: ¿qué hacemos aquí?, ¿quiénes son los que permiten esto? La trainee es leída como problema, como anomalía ética, casi como amenaza moral. 

Si la joven hubiera simulado trabajar no habría habido ningún problema. Se hubiera convertido en estereotipo del funcionario, ese ser de pasillo largo y gesto administrativo. Alguien que vive en la antesala de un acto que se retrasa, archivado dentro de sí mismo. Frente a él, Pilvi Takala aparece como su reflejo invertido, como su pesadilla secreta. Ambos comparten el territorio del tiempo muerto, pero lo habitan de manera opuesta. El funcionario rellena el tiempo con formularios, sellos, rutinas; la trainee lo deja en blanco, con descaro desvergonzado. El funcionario trabaja lo menos posible, pero tampoco quiere aburrirse. Su eficacia consiste en la conservación del orden, en la repetición infinita de un gesto heredado poco eficaz. Es el héroe menor de la inercia. La trainee, en cambio, no conserva, suspende. Donde el funcionario legitima la espera, pues hacer esperar es su oficio, ella la vuelve intolerable. Su no hacer no es burocrático sino metafísico. No tramita el tiempo, solo lo exhibe pornográficamente. El funcionario es un Bartleby domesticado. La trainee, en cambio, revela lo que el funcionario oculta bajo capas de procedimiento. El arte del disimulo. La mayor ficción moderna no es la novela, sino el trabajo mismo. Así, mientras el funcionario se disuelve lentamente en su escritorio, la trainee permanece intacta, inquietante, como algo que se niega a aclarar el texto. No pertenece al sistema, pero tampoco lo combate. Lo mira. Y esa mirada resulta más devastadora que cualquier reforma administrativa. El funcionario teme más a la falta de disimulo que a la hoja de productividad.

Cuando alguien no corre, los demás sospechan. Quien no la baila, desentona. No hacer nada es imperdonable cuando todos fingen hacerlo todo. La artista no rompió reglas, solo las dejó al descubierto.  La normalidad se defiende denunciando lo extraño. La vigilancia comienza cuando se pregunta por el sentido. La utilidad es el nombre moral de la obediencia. Donde el trabajo se exhibe, la contemplación se criminaliza. La mayor transgresión es existir sin justificación. 

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