Sabemos que no
Aunque sabemos que no, el estado de ánimo es el estado del mundo. Pero ellos ya solo piden libros que eleven su moral. Fiódor I. Tiútchev me dijo: Sabe vivir dentro de ti mismo: hay en tu alma un mundo de sombras enigmáticas y encantadas; se ahogarán con el ruido de fuera, la luz del día las echará; escucha su canto ¡y calla! El «amor a la sabiduría» parecería la forma primera y más pura del romanticismo de los perdedores: el poder de convertir las derrotas en victorias a través de encontrar significados no siempre evidentes para la mayoría. ¿Vivimos sometidos a la tiranía de los deseos ajenos? ¿De verdad nadie resiste? Aunque la mímesis es consustancial al conocimiento, no podemos convertir la mera influencia en tiranía. Y dijo Epicteto que no elegimos lo que nos sucede, pero sí cómo lo interpretamos. Y digo yo que ese principio puede volverse a la contra cuando comienza a acusar, a convertir el sufrimiento en culpa y la desgracia en defecto del espíritu. Algunos filósofos deconstructores ponen a la realidad entre interrogantes. Hasta que les duele algo. Duele, luego existe. Escarmiento merecido cuando la lucidez propia es tomada como caricatura por el otro. El hombre lúcido sueña con hombres a los que ordena despertar. Cuando él mismo despierta, solo ve a gente sonriendo por lo bajo. La lucidez, creer ver demasiado claramente, puede volver estéril el mundo. El cinismo es solo una de las tentaciones que sufre la lucidez en su desierto. Cuando uno lee, conversa con los grandes espíritus y llega uno a creerse que forma parte de tan selecto club. Luego, viene uno aquí y se percata de que su secreto personal es casi un gesto patético y cursi. Es un sube y baja terrible, decepcionante e inevitable.










