La alucinación de Spinoza
Durante un tiempo creí entender a Spinoza. Lo leía como cuando ordeno mi biblioteca, con paciencia, con la ilusión de que cada concepto encontraría su lugar exacto. La claridad, pensaba entonces, era en él una virtud casi moral, una especie de elegancia del pensamiento. Más tarde sospeché que se trataba de algo más extraño, como una forma de obediencia. El pensamiento, en Spinoza, no adorna el mundo porque se somete a él, se ajusta a su necesidad como una llave que no puede sino encajar en una única cerradura. Recuerdo haber subrayado, en uno de los dos ejemplares que he comprado sabe Dios por qué, la idea de que Dios y la naturaleza eran lo mismo. Me pareció, en su momento, una afirmación tranquilizadora, pero hoy la leo como una forma de desamparo. Si todo es una única sustancia desplegándose en infinitos modos, entonces no hay exterior, no hay escapatoria, no hay siquiera ese consuelo infantil de imaginar un decorado detrás del cual alguien mueve los hilos. La mente humana, en ese esquema, deja de ser un refugio. No está fuera del mundo, no lo contempla desde una distancia crítica, como querría cierto ideal moderno. Está atrapada o integrada, según el humor del día, en la misma trama que organiza las piedras, los árboles y las estrellas. Nuestra alegría, nuestro dolor, esa vaga inquietud que a veces confundimos con pensamiento, no son excepciones, son variaciones de una misma ley que no se detiene por nosotros. Quizá por eso la ética en Spinoza siempre me resultó sospechosamente poco moral. No hay mandamientos, no hay culpa en el sentido habitual, solo algo más técnico, casi mecánico. Todo suena razonable, incluso deseable, hasta que uno advierte que esa transformación no depende tanto de la voluntad como de la comprensión, y que comprender no siempre está a nuestro alcance. La política, como era de esperar, tampoco ofrece consuelo. El Estado no parece nacer de un gesto fundacional ni de un pacto solemne entre iguales, sino de algo más prosaico como la necesidad de organizar la potencia dispersa de individuos que, en el fondo, buscan perseverar en su ser. La democracia aparece entonces como una solución razonable, nada utópica, casi administrativa, donde la libertad se confunde con la posibilidad de hablar, disentir, pensar en público sin que el edificio entero se derrumbe. A veces me pregunto si todo esto no es, en efecto, una ficción particularmente bien construida. Un sistema que pretende explicarlo todo y que, en su misma perfección, despierta una leve desconfianza. Epistemología, ética y política encajando con una precisión que roza lo literario, como si Spinoza hubiera escrito no una filosofía, sino una novela disfrazada de demostración geométrica: un espejismo, una alucinación escrita con la serenidad de quien jamás dudó de que el mundo podía ser entendido.










