Alain de Benoist y su pecera
Alain de Benoist escribe su epistemología como quien garabatea en los márgenes de una servilleta aceitosa. El saber no es un faro universal, es un eco subterráneo de pueblos y sombras culturales, un relativismo que se resiste a la luz cegadora del liberalismo. Imagínenlo en una buhardilla parisina, rodeado de volúmenes polvorientos, murmurando que conocer es pertenecer, que la verdad no flota abstracta sino que se enraíza en la tierra de las identidades, como un personaje que descubre que su propia voz es un dialecto perdido.
En la ética de Benoist late un rechazo a la moral de todos para abrazar la de unos pocos, la del clan, la del suelo ancestral, donde la diversidad no existe dentro de cada pueblo, sino entre los pueblos, como si las identidades culturales fueran peceras estancas, un principio feroz del borrado de la individualidad.
Critica la democracia liberal como un teatro de marionetas globales, proponiendo en su lugar una multipolaridad de castillos locales, una hegemonía cultural que precede al poder y lo inventa desde las catacumbas. Busca los cimientos de la epopeya simbólica,
Su pluralismo termina por ser un monólogo de exclusiones, un universalismo disfrazado de particularismo, donde las jerarquías se disfrazan de pluralidad y los pueblos se esencializan como protagonistas de una tragicomedia histórica. En su tríada de epistemología relativista, ética comunitaria y metapolítica identitaria late la paradoja de todo gran farsante: pretender fundar un mundo mientras se sabe, en secreto, un impostor de palabras que noveliza la civilización, convirtiendo el conocimiento en un relato contra la modernidad.










