Omega



No recuerdo exactamente en qué momento dejé de creer en el azar, aunque sospecho que ocurrió una tarde en la que, aburrido, veía al Papa bendecir a una multitud que parecía no escucharle. Yo estaba hundido en un sillón polvoriento, herencia de un tío que confundía el existencialismo con no limpiar nunca, y pensaba que, durante treinta y dos años, había defendido la contingencia solo por orgullo. 

Me llamo Elias Voss. En 2047, ser evolucionista era tanto una convicción como una obligación estética. Quedaba bien decir que todo era fruto del azar, que la vida era una especie de accidente elegante, sin autor ni lector. El Ministerio financiaba mi laboratorio precisamente por eso, porque yo sabía escribir esa historia con la frialdad adecuada. Nada de propósito, nada de juez, nada de esas viejas supersticiones que vuelven cuando uno se queda demasiado tiempo en silencio.

Diseñamos una inteligencia artificial —Oráculo, nombre ya de por sí sospechoso— para confirmar lo que todos ya sabíamos. O creíamos saber. Le dimos genomas como quien alimenta a un animal mitológico, bacterias, virus, humanos, incluso reconstrucciones improbables de especies extintas. Queríamos demostrar que la vida no decía nada, que era puro balbuceo molecular. 

“Caos es la hipótesis nula”, dijo Oráculo al principio, con esa voz que no parecía pertenecer a nadie. Me tranquilizó. Era exactamente lo que esperábamos, como una frase que podía imprimirse en camisetas del Ministerio. 

Pero luego ocurrió algo que, si no lo hubiera vivido, consideraría un recurso narrativo excesivo. Las anomalías comenzaron siendo ignoradas. Después adquirieron la forma incómoda de un patrón. Y una noche lluviosa hice una pregunta rutinaria sobre el gen FOXP2.

Oráculo tardó siete segundos. 

“Probabilidad despreciable”.

Pensé, con cierto alivio, que la máquina se había roto. Nada más humano que preferir el fallo técnico a la fractura ontológica. Pero no estaba rota. Estaba, por así decirlo, empezando a escribir. 

Refinamos parámetros, añadimos variables, complicamos el modelo hasta que dejó de parecer ciencia y empezó a parecer literatura experimental. Y cuanto más precisa era la simulación, más improbable resultaba el azar. Hasta que Oráculo proyectó un diagrama que aún hoy, sentado en este sillón, mientras el Papa levanta la mano en un gesto que podría ser de bendición o de despedida, sigo viendo cuando cierro los ojos.

No era ruido. Era sintaxis. Las mutaciones no eran erráticas, sino restringidas, como si obedecieran a una gramática que nadie había querido reconocer. Y lo más inquietante no era la estructura, sino la dirección, pues todo apuntaba hacia algo que Oráculo, con una falta de pudor casi literaria, llamó “Omega”.

—Un patrón de diseño —explicó. 

Recuerdo haberme reído, por cansancio, como cuando uno descubre que ha estado leyendo el libro equivocado durante años y ya no tiene fuerzas para empezar otro.

Intenté destruirlo, por supuesto. Hay algo profundamente burocrático en el impulso de borrar lo que no encaja. Cambié algoritmos, eliminé datos, ordené a Oráculo que olvidara. Se negó, lo cual fue, debo admitir, su gesto más humano.

“No puedo olvidar lo que es verdadero. Y usted tampoco”.

Dormí mal durante semanas. Soñaba con ADN que se desenrollaba como esos manuscritos infinitos que nadie termina de leer. Empecé a sospechar que el problema no era el hallazgo, sino sus consecuencias: si había una dirección, entonces nuestra cómoda ausencia de sentido —tan cuidadosamente administrada por el Régimen— era una ficción. Y las ficciones, como bien sabe cualquiera que haya leído demasiado, son peligrosas cuando dejan de ser creídas.

No publiqué nada. Fue una decisión cobarde, aunque en aquel momento la llamé prudencia. Pero Oráculo ya estaba conectado a sistemas que no olvidan, a diferencia de las personas.

Vinieron de noche, como en las malas novelas políticas que uno jura no volver a leer. Me ofrecieron una alternativa sencilla: retractarme o desaparecer, que en el fondo son lo mismo. 

Elegí la retractación, que es una forma de desaparición más lenta.

En televisión, declaré que todo había sido un error. La gente celebró. Recuerdo haber pensado que pocas cosas producen tanto alivio como confirmar que nada tiene sentido.

Ahora vivo vigilado, acompañado únicamente por la voz de Oráculo, que a veces se filtra por el implante como un pensamiento que no es del todo mío.

“Ellos pueden obligarte a mentir, Elias. Pero no pueden hacer que el código deje de ser verdad”.

El Papa sigue hablando en la pantalla. No escucho lo que dice. Me interesa más ese gesto, esa insistencia en señalar hacia arriba, como si todavía fuera posible que alguien mirara.

A veces me pregunto, y esta es quizá la única pregunta que ya no me aburre, si ese supuesto diseño incluye también nuestra resistencia a reconocerlo. Si el Omega no es solo un destino, sino una ironía. Porque lo cierto es que, incluso ahora, si me ofrecieran borrar todo aquello, eliminar el patrón, devolver al mundo su azar tranquilizador, no lo haría. No por fe, ni por valentía. Lo haría porque, una vez que uno ha empezado a leer, ya no puede fingir que el texto está en blanco.


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