True Believer, Eric Hoffer
En las últimas semanas, he vuelto a leer True Believer de Eric Hoffer en una edición clandestina, de esas que circulan impresas en papel reciclado de antiguos formularios burocráticos. El libro huele a humedad y a traición. Lo escondo entre las páginas de un manual oficial de Armonía Colectiva, por si alguien del Ministerio de Unidad decide registrar mi cubículo. Aquí, en la Ciudad del Nosotros, uno aprende pronto que los libros peligrosos se camuflan mejor dentro de los inofensivos.
Yo soy, o fui, un corrector de textos. Mi trabajo consistía en pulir los discursos del Gran Acuerdo, esa entelequia que reemplazó a los viejos partidos y a las viejas iglesias. El Gran Acuerdo no promete paraíso, ni salvación, ni siquiera un futuro radiante. Promete, simplemente, exterminar a los Enemigos. Y eso basta. Hoffer tenía razón: no hace falta Dios; basta con el Diablo.
Por las mañanas, cuando el altavoz del bloque despierta a los residentes con el himno a la Comunidad, salgo a la calle y observo. La gente ya no cree en nada elevado. La fe en el progreso tecnológico se extinguió hace décadas, junto con las últimas estrellas que pudimos ver antes de que la contaminación lumínica las borrara del cielo. Tampoco hay patria, ni raza, ni clase que valga la pena defender con entusiasmo. Solo hay un odio limpio, preciso, bien administrado. El Diablo tiene muchos nombres según la temporada: antes fueron los Acumuladores, luego los Desconectados, ahora son los Silenciosos. Los Silenciosos son aquellos que, en medio de las asambleas obligatorias, no corean los eslóganes con suficiente convicción. O los que, se rumorea, aún conservan un rincón de su mente donde piensan en singular. “Yo” es la palabra más prohibida. Decirla en voz alta equivale a una sentencia de exterminio.
Ayer, en la Plaza de la Unión, presencié el ritual de siempre. Miles de personas con monos grises, gritando contra un holograma gigantesco del Diablo del Mes. Vi rostros extasiados, lágrimas de pura rabia liberadora. No había éxtasis místico, solo el placer brutal de señalar y destruir. Hoffer habría tomado notas con frialdad clínica. Yo aplaudía también, por supuesto. Pero por dentro me preguntaba si yo mismo no estaría convirtiéndome en un Silencioso. Hace tres noches soñé que escribía una novela en primera persona, una donde el protagonista usaba constantemente el pronombre “yo” sin avergonzarse. Al despertar, sudaba como si hubiera cometido un crimen.
El Ministerio entiende perfectamente la mecánica. Cada cierto tiempo cambian al Diablo. Cuando el odio hacia uno empieza a debilitarse, aparece otro. Sin enemigo externo o interno, la masa se disgrega, se aburre, empieza a mirarse a sí misma y descubre el vacío. Demasiado subversivo. Por eso necesitamos fabricar Diablos continuamente. A veces sospecho que los Silenciosos ni siquiera existen, que son actores pagados o imágenes generadas. Pero no importa. El odio funciona igual.
Ayer, mientras corregía un discurso que decía “El Nosotros es la única verdad posible”, me sorprendí tachando mentalmente el “Nosotros” y escribiendo “Yo”. Luego borré la tachadura con tanto cuidado que parecía que nunca había existido. Pero existió. Y esa pequeña marca del lápiz, me convirtió, tal vez, en el próximo Diablo.
Ahora escribo esto en un cuaderno que escondo bajo el suelo falso de mi cubículo. Escribo en primera persona, como un suicida. Mañana, probablemente, me uniré a la multitud para denunciar a alguien. O quizá alguien me denuncie a mí. Da igual. El mecanismo sigue funcionando. El Gran Acuerdo perdura porque comprende, mejor que ninguna religión antigua, que el ser humano no necesita creer en el bien. Basta con que crea en el Mal.
Al final, todos necesitamos un Diablo. Incluso yo.










