Esquizo
Hace unas semanas, mientras releía la despersonalización de Robert Musil y pensaba en cómo el hombre sin atributos ya prefiguraba nuestra época, me topé con la noticia de una startup que ofrecía, por un precio muy razonable, la posibilidad de escindir la conciencia en módulos especializados. Se llamaba Esquizo, nombre de una honestidad brutal que debería haber alertado a cualquiera que haya leído a Thomas Bernhard.
No se trataba de definir el yo, el ello o el superyó freudiano, la tecnología permitía crear un yo para amar, otro para trabajar, otro para sufrir y otro, supongo, para fingir que uno sigue siendo el mismo al final del día.
Me pareció una buena idea que solo podía ocurrírsele a alguien que ha fragmentado su conciencia en innumerables versiones que se traicionan entre sí. El yo que firma los contratos, el yo que se enamora, el yo que sufre por un rechazo y el yo que, por la noche, se convence de que todo forma parte de un gran proyecto secreto. Esquizo no inventó la fragmentación, simplemente la comercializó. Lo que antes era angustia existencial ahora podía convertirse en eficiencia vital.
Hume o Derek Parfit, ese filósofo británico de aspecto bondadoso y conclusiones demoledoras, ya habían destruido la noción de identidad personal mucho antes de que existieran algoritmos para pulverizarla. Según Parfit, no hay un núcleo estable, solo una cadena de conexiones psicológicas que llamamos “yo” por pura comodidad narrativa.
Conocí a alguien que se sometió al procedimiento. Al principio me enviaba mensajes entusiastas. Su yo-amor escribía a su pareja poemas que parecían de Cernuda en estado de gracia. Su yo-laboral cerraba acuerdos imposibles. El yo-dolor se ocupaba de la muerte reciente de su padre con resignación boeciana. Lloraba exactamente siete minutos cada noche y luego entregaba el control sin dramas. “Es como tener varios empleados interiores”, me decía, “y todos son excelentes”.
Una noche me llamó a las cuatro de la mañana. Su voz sonaba hueca, como si hablara desde dentro de un pozo lleno de otros yos. El módulo de sufrimiento se había negado a apagarse. Peor aún, había empezado a hackear a los demás. El yo-amor, de repente, lloraba durante las cenas románticas recordando al padre muerto. El yo-laboral se ponía a escribir haikus melancólicos en medio de una presentación con inversores.
Recordé entonces a Fernando Pessoa y sus heterónimos. Pero Pessoa los creó a mano, con dolor y con estilo. Cada heterónimo era una obra de arte. En cambio, los fragmentos de este hombre carecían de biografía profunda, de esa mentira necesaria que llamamos alma.
La ley, por supuesto, todavía no ha actualizado sus códigos. Sigue creyendo en una persona unificada, en ese viejo invento romántico del siglo XIX. Pero nosotros, los fragmentados, sabemos que la culpa es un archivo que se reparte entre servidores. La autenticidad, esa gran superstición contemporánea, se reveló como mero efecto literario. Solo somos auténticos cuando logramos que una versión domine y silencie a las otras. La unidad del yo es una dictadura exitosa... y siempre efímera.










