¿Antes de ser nosotros debo ser yo?
Con enorme frecuencia nuestra vida no es sino eso: falsificación de sí misma, suplantación de sí misma. Una gran porción de los pensamientos con que vivimos no los pensamos con evidencia. Con vergüenza reconocemos que la mayor parte de las cosas que decimos no las entendemos bien y si nos preguntamos por qué las decimos, esto es, las pensamos, advertiremos que las decimos no más que por esto: porque las hemos oído decir, porque las dicen los otros. Jamás hemos procurador repensarlas por nuestra cuenta y buscar su evidencia. Todo lo contrario: no las pensamos porque no son evidentes, sino precisamente porque las dicen los otros. Nos hemos abandonado a los otros y vivimos en alteración, en perpetua estafa de nosotros mismos.
La mayor parte de las ideas que defendemos nunca pasaron por nuestra conciencia, solo por nuestro oído. La opinión heredada ahorra esfuerzo, es delegar la propia vida, es esconderse detrás del coro, de las convicciones que nacen del contagio, no del examen. La sociedad enseña a opinar antes que a pensar. La costumbre suplanta a la evidencia con sorprendente eficacia.
Pero nadie piensa desde cero: toda idea nace en diálogo con otras. Pensar con otros no equivale necesariamente a dejar de pensar. La tradición no es falsificación, sino memoria acumulada. Comprender plenamente todo lo que decimos exigiría una vida imposible. La confianza en el lenguaje común hace posible la convivencia. La crítica permanente puede volverse otra forma de alienación. Vivir no exige justificar cada pensamiento, sino saber cuándo hacerlo.
Vivimos de ideas prestadas como quien habita una casa ajena sin mirar los cimientos. Pensamos con voces heredadas y las confundimos con la nuestra. La mayoría de los pensamientos llegan ya usados. Decimos “yo creo” cuando en verdad decimos “se dice”. La costumbre piensa por nosotros y nos deja descansar. Vivir de ecos. Nos llamamos libres mientras recitamos.
Ninguna voz nace sola. Toda conciencia es un coro. La tradición no suplanta al yo, lo despierta. Pensar también es escuchar a los muertos. No toda herencia es impostura; algunas son raíces. El pensamiento común sostiene lo que el solitario no podría cargar. La vida no espera a que pensemos todo desde el origen. Ser uno mismo no exige inventarlo todo.
Gracias a ellos soy yo. Por culpa de ellos, también.









