La unión de los débiles
En un contexto político que puede caracterizarse, en términos hobbesianos, por la exposición permanente de los individuos a la coerción y al abuso de la fuerza, el surgimiento de la democracia liberal puede entenderse como el resultado de una respuesta colectiva fundada no en la certeza moral, sino en la prudencia de un acuerdo de mínimos. Los individuos más débiles, al reconocerse vulnerables frente a los más fuertes, se coordinan y transforman su debilidad individual en poder político compartido. Sin embargo, desde una perspectiva liberal falibilista, este proceso no se concibe como la superación del problema del poder, sino como su inevitable reaparición bajo nuevas formas.
Como advirtieron tanto Locke como Madison, la cuestión central no es quién ejerce el poder, sino cómo se limita su ejercicio. La unión de los débiles (demos) genera una fuerza capaz de imponer un orden, pero también de incurrir en nuevas formas de abuso. El liberalismo humilde parte del reconocimiento de la falibilidad humana: ningún individuo ni colectivo puede reclamar un conocimiento suficiente del bien común que legitime un poder irrestricto. En este sentido, la democracia liberal no se funda en la presunta virtud de la mayoría, sino en la desconfianza estructural hacia toda concentración de poder, incluida la del propio demos.
Esta desconfianza epistemológica, formulada de manera paradigmática por Popper en su defensa de la “sociedad abierta”, conduce a concebir las instituciones democráticas como mecanismos de corrección de errores más que como instrumentos de realización de fines sustantivos. De modo similar, Hayek subrayó que el conocimiento social es necesariamente disperso e incompleto, lo que hace imprescindible un orden político basado en reglas generales, abstractas y estables, antes que en decisiones discrecionales orientadas a fines supuestamente racionales.
Desde esta perspectiva, la democracia liberal aparece como un sistema diseñado no para maximizar la virtud, la justicia o la verdad política, sino para minimizar el daño potencial derivado del error y del abuso. La separación de poderes, el constitucionalismo, la protección de los derechos individuales y las garantías para las minorías no son expresiones de un optimismo antropológico, sino dispositivos institucionales que reflejan una concepción humilde del conocimiento y una comprensión trágica del poder. Tal como señaló Isaiah Berlin, el pluralismo de valores y la imposibilidad de su reconciliación final refuerzan la necesidad de un orden político que tolere la discrepancia y limite las pretensiones de imposición moral (dogmatismo moral o moralismo).
En suma, la democracia liberal, entendida desde un liberalismo falibilista, no representa la culminación de un proyecto racional de emancipación, a todas luces utópico, sino un arreglo político provisional y revisable, orientado a contener los peores efectos de la dominación humana mediante reglas, procedimientos y límites que asumen, como punto de partida, la permanente posibilidad del abuso del poder.









