Una cierta edad, de Marcos Ordóñez
La vieja y sabia frase de John Gielgud: «El arte del teatro consiste en conseguir que el público deje de toser». Podría decir, como si me dictara una voz remota, quizá demasiado cercana, que este libro es una travesía en la que uno descubre que "el pasado es un país extranjero". Pero al intentar escribir, me descubro tentado a perderme por los pasillos laterales, esos corredores que llevan a habitaciones donde alguien afirma, con convicción dudosa, que "Nietzsche era un escritor adolescente". Y, de pronto, el libro se convierte no en una lectura, sino en una coartada para seguir divagando. Quizás Cortázar partió de un temblor semejante cuando escribió Instrucciones para John Howell, donde un hombre se ve obligado a salir a escena y tomar parte en una ficción cuyas normas desconoce y ha de ir improvisando: arrastrado, pues, a la vida, a una extraña forma de vida. Hay un narrador que mira hacia atrás con una mezcla de ironía, ternura y cansancio, como si cada día f...













