Cinco caricaturas sobre el yo
Recostado a la sombra de un neón, leo este libro maravilloso de miradas congeladas al ombligo. Me acuerdo del narrador de Memorias del subsuelo, Dostoievski, cuando decía que «La conciencia es una enfermedad». Por supuesto que lo es, pero de la que no nos podemos librar. El hombre del subsuelo está orgulloso de su conciencia y no le importa contagiar a los demás porque es lo único que tiene. La primera mirada es la del discípulo. Observa al Yo como quien contempla un templo desconocido, con reverencia y un ligero miedo. Cree que allí dentro, en ese territorio aún no hollado, duerme alguna verdad luminosa. Pero a cada paso descubre sombras, restos de basura, silencios de impotencia teñida de profundidad. Y entiende entonces que aprender no es solo sumar conocimiento, sino despejar desperdicios, maquillaje y polvo. La segunda es la del orgulloso. Se mira y se celebra, incluso cuando la luz cae oblicua y revela las grietas. Construye castillos de palabras, inventa gestas, se vu...








