Hay una forma particularmente incómoda de soledad,
aquella que procede de haber pensado demasiado tiempo en una dirección que los demás no han recorrido. Uno descubre entonces que las ideas heterodoxas tienen un precio, y que ese precio suele pagarse en silencio. Quizá por eso he desarrollado, con los años, un rechazo visceral a todos los rechazos sin fundamento. Me desconcierta esa facilidad con que una opinión se convierte en frontera, esa manera expeditiva de decir no sin haber llegado siquiera a escuchar la pregunta. Hay personas que rechazan una idea porque todavía no han encontrado el lugar desde el que comprenderla. De ahí, supongo, la necesidad de construir pequeñas enciclopedias cerradas, no grandes sistemas destinados a explicar el mundo, sino modestos rincones privados donde unas cuantas ideas puedan convivir sin pedir permiso. Nuestras propias obras, nuestros cuadernos, nuestras listas de obsesiones, nuestras citas subrayadas a lápiz, pequeños museos portátiles contra la intemperie, para salvar unas pocas cosas del nau...












