Uno va descubriendo poco a poco que la verdad no suele presentarse sola...
Llega acompañada de un sello, una firma, un uniforme, un archivo, una comisión de expertos. La verdad necesita testigos y, sobre todo, necesita instituciones que certifiquen que aquello que creemos verdadero merece ser creído. Lo mismo sucede con el bien. Hay tribunales de la moral, comités invisibles que deciden quién ha sido virtuoso, quién ha pecado y quién, aun habiendo hecho lo correcto, lo ha hecho de una manera inconveniente. La política conoce perfectamente este mecanismo. Allí la legitimidad adopta formas más solemnes: elecciones, parlamentos, constituciones, mayorías, procedimientos. Una vez que la institución ha hablado, parece que la realidad adquiere de pronto una consistencia suplementaria. No importa tanto que algo sea justo como que haya sido legitimado. La historia, más tarde, organiza retrospectivamente el caos. Allí donde los contemporáneos vieron accidentes, derrotas, cobardías y decisiones tomadas a ciegas, el historiador encuentra causas. El archivo, co...












