Epicteto y Nietzsche
Sorprende esa facilidad con la que ciertos lectores, fieles consumidores de manuales de autoayuda, citan a Epicteto o a cualquier otro filósofo estoico. Repiten, con una convicción que roza la liturgia, que "no son las cosas las que nos perturban, sino los juicios que hacemos sobre ellas". Y entonces uno sospecha que, en efecto, han encontrado una llave para domesticar el caos. Basta con corregir la interpretación, y el mundo, dócil, parece reordenarse. Epicteto, Marco Aurelio o Séneca, en esta versión portátil, se convierten en técnicos del alma. No eliminan el dolor, eso sería pedir demasiado, pero sí lo vuelven editable, como si cada emoción fuera un borrador susceptible de revisión. Donde antes había un miedo irreductible, ahora hay una nota al margen escrita a lápiz y una goma de borrar al lado. La emoción deja de ser un destino y pasa a ser un texto por escribir. Pero entonces aparece Nietzsche, siempre inoportuno, como esos invitados que llegan tarde y arruinan la ar...













