Encomio de la soledad
Bendita sea la Soledad, madre secreta de todos los que alguna vez se atrevieron a escucharse. Cuando el ruido del mundo se vuelve una feria de mendigos y vanidades, solo ella abre su puerta sin preguntar el nombre, sin exigir pasaportes ni reverencias. En su reino no hay tronos, pero cada hombre puede sentirse rey; no hay altares, pero cada pensamiento puede inflamarse como una pequeña divinidad recién nacida. La multitud promete calor, y sin embargo enfría; promete compañía, y sin embargo ahoga. La Soledad, en cambio, no engaña y te da exactamente lo que es, un espacio desnudo donde el alma puede caminar sin permiso, sin testigos y sin la sombra prestada de los demás. Allí uno descubre la propia voz, no la que se modula para complacer, sino la que brota como un manantial brusco y sincero. Algunos la temen porque creen que los devora; otros la buscan porque saben que los afila. Bienaventurados quienes la toman como maestra. Ella enseña con silencios, golpea con verdades y cura con el...









