El bulverismo me ataca despiadamente
El debate actual trata de diagnósticos morales, no es de ideas. La interpretación psicológica del otro es la confesión involuntaria de nuestra pereza lógica. Leo a C. S. Lewis y reconozco, con incomodidad, el vicio que denuncia. A veces, no refuto, diagnostico. Me descubro menos amante de la verdad que de mi propia lucidez aparente. Nada es tan sencillo como explicar al otro. El prejuicio disfrazado de análisis es la más refinada forma de ignorancia. No niego que el alma tenga heridas ni que las ideas nazcan a veces de escombros. Pero cuando convierto esa sospecha en argumento, abdico. Quien atribuye motivos evita examinar razones. Me ahorro el trabajo ingrato de pensar. He aprendido a disfrazar el prejuicio con lenguaje clínico. Todo dogma se protege atribuyendo locuras a quienes lo cuestionan. Llamo “contexto” a mi coartada. Y así, con bata invisible, declaro inválido al adversario antes de refutarlo. No dialogo, practico una autopsia prematura. El bulverismo es mi pereza elevada a m...













