Los milistas del arte
No recuerdo exactamente cuándo empezó la cuenta regresiva. Algunos dicen que fue con la Ley de Validación Cultural; otros, que ya estaba implícita desde que confundimos atención con valor. Lo cierto es que un día apareció la cifra: mil. Mil personas debían reconocer tu obra. Mil ojos, mil nombres registrados en la Red de Legitimidad. Si no alcanzabas ese umbral, dejabas de ser… sostenible. Al principio lo llamaron “optimización de recursos culturales”. Luego, sin pudor, “criterio de supervivencia”. Yo escribía, siempre escribí, ensayos, fragmentos, pequeñas ficciones que apenas circulaban entre unos pocos lectores fieles, casi íntimos. Novecientos treinta y dos, según el último recuento antes de que cerraran el sistema. Recuerdo ese número como quien recuerda una enfermedad crónica. Intenté todo. Publiqué más. Simplifiqué mi estilo. Introduje consignas, referencias reconocibles, incluso una ironía más digerible. Pero cada lector nuevo parecía costarme dos antiguos. Como si la obra, al ...













