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El lobo estepario, de Hermann Hesse

He leído este libro tres veces. En una primera lectura lo interpreté como un alegato contra la soledad voluntaria, aquella que Montaigne abrazaba en su torre, donde el ensayista encontraba refugio en la introspección y el diálogo consigo mismo. Mientras Montaigne celebraba esa soledad como un espacio de libertad y sabiduría, Harry Haller la experimenta como condena, un precio insoportable por su independencia que lo aísla del mundo. Montaigne se retira a su torre en el castillo de Burdeos para meditar y escribir, entendiendo la soledad como una elección noble, como un apartamiento del bullicio social para cultivar el alma, sin angustia ni conflicto interior. Es una soledad serena y productiva, donde el yo se examina sin fracturarse. En cambio, la soledad de Haller es fría y destructiva: “La soledad era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en el que se mueven las estrellas”, aunque desemboca en una desesperación...

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