Siempre llegamos tarde, Alberto Laiseca
Hay leyes tan eficaces que no necesitan ser promulgadas. Se infiltran y cuando por fin advertimos que existen ya hemos obedecido. Quizá por eso las leyes más efectivas son las que se perciben como naturales, porque, al no haber sido enunciadas, no parecen leyes. No tienen policía, ni artículo, ni número. Se limitan a estar ahí, respirando con nosotros. Una de ellas, acaso la más literaria de todas, establece que siempre llegamos tarde. Llegamos tarde a la literatura, naturalmente. Cuando ya han llegado todos los demás y han dejado sobre la mesa sus teorías, sus cadáveres, sus influencias. Entonces comprendemos que la originalidad, esa virtud que durante tanto tiempo se nos ha presentado como una propiedad privada, quizá consista únicamente en administrar con cierto estilo aquello que hemos robado. De ahí que me haya interesado siempre aquella provocación según la cual «el plagio es la destilación del artista». El plagio, si se lo observa sin la solemnidad de los notarios, quizá se...












