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El silencio de Confucio

El silencio también lleva, como la palabra, la huella de nuestros defectos. Ambos podrían ser producto de la insolencia. Tanto el que habla como el que escribe se arriesga a decir una bobada. Y el silencioso se arriesga a no existir, a no tener un espejo donde verse reflejado. Un aforismo nutritivo también puede aumentar el colesterol. En realidad, todo surge tras una oscilación entre dos conciencias: la que desea ser visible y la que «prefiere no hacerlo». Por eso comprendo a Confucio cuando un día le dijo a sus discípulos: «Ya no voy a hablar más».

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