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Omega

No recuerdo exactamente en qué momento dejé de creer en el azar, aunque sospecho que ocurrió una tarde en la que, aburrido, veía al Papa bendecir a una multitud que parecía no escucharle. Yo estaba hundido en un sillón polvoriento, herencia de un tío que confundía el existencialismo con no limpiar nunca, y pensaba que, durante treinta y dos años, había defendido la contingencia solo por orgullo.  Me llamo Elias Voss. En 2047, ser evolucionista era tanto una convicción como una obligación estética. Quedaba bien decir que todo era fruto del azar, que la vida era una especie de accidente elegante, sin autor ni lector. El Ministerio financiaba mi laboratorio precisamente por eso, porque yo sabía escribir esa historia con la frialdad adecuada. Nada de propósito, nada de juez, nada de esas viejas supersticiones que vuelven cuando uno se queda demasiado tiempo en silencio. Diseñamos una inteligencia artificial —Oráculo, nombre ya de por sí sospechoso— para confirmar lo que todos ya sabíam...

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