Nora
Al principio no me lo creí. La idea de que el mundo fuera una simulación me parecía, en el fondo, una hipótesis perezosa, una metáfora gastada que solo servía para adornar conferencias. Sin embargo, Nora apareció como una nota a pie de página en un artículo irrelevante sobre fluctuaciones cuánticas. Un joven investigador, cuyo nombre nadie recuerda ya, escribió casi por descuido que “podría tratarse de una instancia recreativa de una conciencia no localizada”. Nadie sabía quién o qué era Nora, pero la palabra empezó a circular. Durante semanas, Nora fue una errata que se negaba a desaparecer. Luego vinieron los indicios, pequeñas incoherencias, imperceptibles al principio, comenzaron a filtrarse en la textura de lo real. Nada dramático, nada que justificara el pánico. Pero entonces alguien propuso que Nora era la autora; peor aún: la lectora. Según esa teoría, nosotros no éramos más que variaciones de un mismo texto que Nora releía sin cesar, introduciendo pequeñas modificac...













