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El lector practica la valentía anticipando su cobardía

Abrí el libro al azar y encontré una frase que parecía escrita con mi letra. Por un instante pensé que alguien me había observado mientras dormía y había transcrito mis pesadillas en papel ajeno. La frase decía, con la indiferencia de los enunciados definitivos: «Ningún libro proporciona consuelo contra el sufrimiento real; apenas disimula el sufrimiento potencial». No sé si la había escrito yo en un acto anterior de impostura intelectual, o si la había leído en otro autor y la memoria, siempre tan generosa con las trampas, me la devolvía como propia. Los libros calman la imaginación que teme, pero no la carne que sufre, pensé, dada la diferencia entre el sufrimiento anticipado y el sufrimiento del aquí y ahora. Los libros, recordé, son excelentes mecánicos de lo imaginario; ajustan tornillos que aún no se han aflojado, lubrican bisagras que quizá crujirán, enseñan mapas de heridas que, con tiempo y paciencia, pueden evitarse. Pero cuando la herida está hecha, la página permanece fría ...

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