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La alucinación de Spinoza

Durante un tiempo creí entender a Spinoza. Lo leía como cuando ordeno mi biblioteca, con paciencia, con la ilusión de que cada concepto encontraría su lugar exacto. La claridad, pensaba entonces, era en él una virtud casi moral, una especie de elegancia del pensamiento. Más tarde sospeché que se trataba de algo más extraño, como una forma de obediencia. El pensamiento, en Spinoza, no adorna el mundo porque se somete a él, se ajusta a su necesidad como una llave que no puede sino encajar en una única cerradura. Recuerdo haber subrayado, en uno de los dos ejemplares que he comprado sabe Dios por qué, la idea de que Dios y la naturaleza eran lo mismo. Me pareció, en su momento, una afirmación tranquilizadora, pero hoy la leo como una forma de desamparo. Si todo es una única sustancia desplegándose en infinitos modos, entonces no hay exterior, no hay escapatoria, no hay siquiera ese consuelo infantil de imaginar un decorado detrás del cual alguien mueve los hilos. La mente humana, en ese e...

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