La Gran Renuncia
Cuando las Bolsas colapsaron y los Parlamentos se convirtieron en teatros vacíos nadie salió a las calles. No hubo revolución. No hubo incendios. La humanidad llevaba demasiado tiempo agotada para odiar. Primero cayó el deseo. Después, la velocidad. Finalmente, el futuro. Las grandes ciudades siguieron encendidas, pero ya no parecían vivas. Desde las alturas, Tokio, Madrid, Estambul eran jardines eléctricos silenciosos donde millones de personas respiraban sin urgencia. Las antiguas avenidas comerciales se llenaron de monasterios de cristal. Los anuncios luminosos dejaron de vender cuerpos y productos. Ahora mostraban frases: “Quien nada espera, nada teme”. “El yo es una ilusión fatigada”. “Todo sufrimiento nace del apego”. “La paz está en aceptar”. “Sométete al Amado”. “Sé como el agua”. Aquello pudo llamarse La Gran Renuncia. No nació de una religión concreta porque nació de todas. Llevaban tiempo recomendando las mismas ideas, pero nadie, salvo cuatro pirados, les hacía caso......













