El mareo posthumano
Este libro afirma muchas cosas: que lo posthumano no es un destino a alcanzar, sino la pregunta por quiénes somos cuando dejamos de ser el centro del universo; que nunca hubo una esencia pura, sino solo narrativas que nos contaron una identidad; que la tecnología no es una herramienta, sino una forma de estar en el mundo; que el posthumanismo filosófico no anula al humano, solo redefine sus vínculos con la tecnología, la ecología y las demás especies; que el posthumanismo critica el humanismo y el antropocentrismo, y a la vez replantea lo humano; que el posthumanismo cuestiona la vida misma y difumina límites entre lo animado y lo inanimado; que se desafían las fronteras entre orgánico e inorgánico, natural y artificial... Confieso que me he mareado. Leí Posthumanismo filosófico con la cautela de quien entra a una casa que proclama haber abolido el centro, pero donde, curiosamente, todas los pasillos conducen a un mismo salón. Francesca Ferrando anuncia la disolución de lo humano, su descentramiento, su evaporación conceptual. Sin embargo, a cada paso reaparece disfrazada, refinada, autocuestionada, la vieja conciencia, esa señora burguesa que finge haberse ido mientras sigue organizando la velada. Hay en el libro una derridiana voluntad de desmontaje, una obsesión por desactivar jerarquías, binarismos, antropocentrismos. Pero también hay una fe intacta en el dispositivo que hace posible esa crítica. Esa conciencia, lúcida, reflexiva, aparece entonces como un narrador que proclama su desaparición mientras toma notas minuciosas sobre cómo está desapareciendo. Tal vez el verdadero límite no sea teórico sino literario. Porque no se puede narrar la desaparición de la conciencia sin volverla protagonista. Y ahí el libro se vuelve, involuntariamente, una novela de aprendizaje tardío, algo así como la historia de una conciencia que intenta pensarse fuera de sí y acaba constatando que incluso su deseo de abdicar es una forma disimulada de reinado. Cuanto más radical es la crítica al centro, más refinado se vuelve el centro que critica. La conciencia, cansada de ser tirana, decide hacerse modesta, relacional, distribuida, cuántica si hace falta, pero no renuncia a su privilegio narrativo. Sigue siendo la que escribe, la que piensa, la que declara el fin de sí misma con una prosa escrita en primera persona. Esto fue lo que leí, aunque no estoy seguro de haberlo leído yo, porque desde la tercera página tuve la sensación desagradable, persistente, de que alguien estaba leyendo por mí. No alguien concreto, claro, sino eso que solemos llamar conciencia cuando no queremos decir costumbre, reflejo o miedo. Leí, o más bien fui leído, mientras el texto insistía en que el centro había desaparecido, que ya no había sujeto, que el yo era una ficción heredada, una superstición gramatical. Y sin embargo cada frase parecía escrita para mí, con esa cortesía ligeramente cruel de los libros que niegan al lector mientras lo interpelan. Avancé con una mezcla de obediencia y sospecha. Subrayé pasajes que afirmaban que la agencia estaba distribuida, que pensar no era un privilegio humano, que la mente no residía en ningún lugar en particular. El libro hablaba de redes, de ensamblajes, de entidades sin rostro ni interioridad. Yo asentía, pero cada vez que asentía sentía ese leve tirón en el pecho, esa confirmación íntima de que alguien estaba de acuerdo. ¿Quién? ¿El lector abolido? ¿El residuo del humanismo? Hubo un momento en que entendí que el problema no era el argumento sino el tono. El texto no discutía ni dudaba. Declaraba y organizaba. Y esa seguridad, tan pulcra, me recordó a ciertos manifiestos que proclaman el fin del mundo con la tranquilidad de quien ya ha reservado mesa para cenar después del apocalipsis. Pensé entonces que la conciencia no estaba siendo negada, sino refinada hasta volverse casi invisible, como esos eremitas que aseguran no existir mientras administran cada silencio para no ser observados. Seguí leyendo por inercia, que es una forma menor de fe. El libro hablaba de descentramiento, pero yo seguía ahí, sentado, ligeramente encorvado, sosteniendo el libro como quien sostiene una excusa. Me di cuenta de que no podía abandonar la lectura porque abandonarla también habría sido un gesto consciente, demasiado humano, demasiado intencional. Así que continué, atrapado en la paradoja doméstica de leer un texto que me pedía no ser el que lee. Al final cerré el libro o la autora me cerró a mí. Comprendí que toda teoría que anuncia la disolución del sujeto necesita, para ser dicha, un superviviente. El verdadero posthumanismo no pueda escribirse, solo pueda aparecer como ausencia, nostalgia o como silencio entre dos conceptos. Porque mientras haya alguien diciendo “ya no somos el centro”, el centro, como el dinosaurio, seguirá ahí.









