En extrañas circunstancias leía un libro de Peter Handke, y creí haber resuelto todos los enigmas que deambulaban ajenos a lo coherente. Por la noche, en el hotel, me detuve sin ni siquiera cenar algo, imagino que para no darme una importancia desmesurada. Fue todo un espectáculo contemplar cómo cenaban los demás. Me sorprendió mi fuerza de voluntad, mientras el asalto a la razón me procuraba ese placer privado a los dioses. El Mito de lo Dado fue arqueado por mi sutil indiferencia. La conciencia me decía que lo no conceptual estaba presente en mi coherentismo. La experiencia sensible era un mero momento casual.
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