viernes, 22 de septiembre de 2017

Todo

Ante la pregunta «¿qué espera todavía?», Eduardo Lourenço responde: «Nada en particular, nada en absoluto». Yo hubiera preferido: «Nada en particular, todo en absoluto».



jueves, 21 de septiembre de 2017

Calles

Ya estamos en la fase de protesta callejera, a la que se ha unido, cómo no, la izquierda burguesa revolucionaria. Se ha adelantado unos días, pero iba a ocurrir de todos modos. El mundo totalitario está testarudamente movilizado. Sin embargo, la mayoría silenciosa es débil pues no basta con que la libertad de expresión esté tutelada por el sistema jurídico, también hace falta que no haya miedo ni incomodidad. Allí donde existen intimidaciones, y donde desviarse de la ortodoxia dominante nos pone en problemas, la libertad de expresión se ve anquilosada y, por consiguiente, la misma libertad de pensamiento resulta deformada, a excepción de unos pocos héroes solitarios. Un sistema totalitario se caracteriza por la estructura de un conjunto de antivalores rígidamente monocéntrica y monocolor, donde todos los foros de socialización son víctima de una única propaganda que retroalimenta obsesivamente un mundo cerrado que no desea influjos externos y que censura —como enemigo exterior— todos los mensajes del mundo circundante.

Schumpeter escribió que el ciudadano típico se precipita a un nivel inferior de rendimiento mental nada más entrar en el terreno político: razona y conduce sus análisis de un modo infantil si lo aplicara a su propia esfera de intereses; vuelve a convertirse en un primitivo, en un hipócrita, en un cursi y su pensamiento es dominado por un espíritu afectivo y peligrosamente asociativo, donde el balido ovino se convierte en un runrún contagioso.

Las elecciones no deben decidir las cuestiones, sino quién será el que las decida, como un instrumento esencial para controlar a los dirigentes, pero totalmente ineficaz si se le considera apropiado para indicar las preferencias de la mayoría.

El elector es un gran simplificador, no tiene capacidad racional para el cálculo de los medios necesarios y suficientes para según qué fines. En ese momento se precisa, no sólo información y opinión, sino también conocimiento y auténtica competencia.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Dolor crónico

Me gustan los pesimistas. ¿Deberían gustarme los optimistas? No lo creo, he aprendido que cuando el hombre intenta ocultar su cinismo connatural se transforma en cursi.

Por razones que no voy a exponer me encuentro hospedado en un hotel de San Cugat y ahora busco aparcamiento cerca de la Plaza de Cataluña, intentando sobrevivir entre los estrechos carriles que tienen las calles de Barcelona. En mi trayecto hasta aquí he visto dos roces en los que sendos vehículos perdían sus retrovisores.

Mientras paseo por la Rambla, donde se nota cierta tensión después del golpe legal y legítimo del Gobierno, la fiscalía y los jueces, oigo en la radio que hay una convocatoria de manifestación en Madrid apoyando el autodenominado derecho a decidir catalán, es decir, unos sujetos que ven con buenos ojos que sean otros, solo los catalanes, los que decidan sobre lo que nos afecta a todos, que solo una parte decida apropiarse de toda una soberanía nacional.

La eterna objeción contra la democracia es que el pueblo no sabe, que no está capacitado para decidir acerca de lo complejo, territorio de expertos y especialistas. Precisamente por eso Platón invocaba al filósofo-rey, porque gobernar exige episteme, auténtico saber. A la democracia le basta con la doxa, le basta con que el público tenga opiniones, altamente manipulables. Por lo tanto, ni cruda ni ciega voluntad, ni tampoco episteme; sino doxa, opinión de bar o Twitter, nada más. La democracia es el gobierno de la opinión.

El consenso imprescindible es el consenso procedimental, el acuerdo sobre las reglas del juego, las que deciden sobre cómo decidir, la que establecen un método de resolución de conflictos. Una sociedad política sin una regla de resolución de los conflictos es una sociedad expuesta a la arbitrariedad.

Les duele, señal de que las cosas se están haciendo bien. ¡Por fin!