viernes, 17 de noviembre de 2017

Confesión, de Tolstoi

—Señor Tolstoi, en qué cree usted, le veo muy inquieto.
—Creía en Dios o, más bien, no negaba a Dios, pero no podía decir qué clase de Dios era ése.
—Pocos creen ya en las hadas de los bosques.
—Si un hada se me hubiera aparecido y me hubiera ofrecido hacer realidad mis deseos, no habría sabido qué pedir.
—Algo de eso me sucede a mí. Considera usted que leer a Platón, a Schopenhauer o El Eclesiastés es algo nefasto.
—Ésas son las respuestas directas dadas por la sabiduría humana a la cuestión de la vida. «La vida del cuerpo es un mal y una mentira. Por eso la destrucción de la vida del cuerpo es un bien, y debemos desearla», dice Sócrates. «La vida es lo que no debe ser, un mal; y el tránsito a la nada es el único bien», dice Schopenhauer. «Todo en el mundo, la necedad, la sabiduría, la riqueza, la miseria, la alegría, el dolor, es vanidad y nadería. El hombre morirá, y nada quedará. Y esto es absurdo», dice Salomón. «Es imposible vivir sabiendo que el sufrimiento, el debilitamiento, la vejez y la muerte son inevitables; es preciso liberarnos de la vida y de toda posibilidad de vida», dice Buda.
—¿Qué hay que hacer entonces?
—Descubrí que para la gente de mi clase social hay cuatro maneras de escapar a la terrible situación en la que todos nos hallamos. La primera salida es la de la ignorancia.
—Sócrates dice lo contrario.
—La segunda salida es el epicureísmo, aprovechar los bienes que se nos ofrecen pese a conocer la desesperanza de la vida, no mirar el dragón ni los ratones, sino lamer la miel de la mejor manera posible, especialmente si hay mucha sobre el arbusto.
—También El Eclesiastés trata este asunto.
—Salomón expresa así esta idea. A esta segunda salida se atienen la mayoría de las personas de nuestra clase.
—¿La tercera salida?
—Es la de la fuerza y la energía, destruir la vida después de comprender que ésta es un mal y una absurdidad.
—¿Y la cuarta?
—La de la debilidad, continuar arrastrando la vida, aun comprendiendo su mal y su absurdidad, sabiendo de antemano que nada puede resultar de ella. Las personas que pertenecen a esta categoría saben que la muerte es mejor que la vida, pero no tienen fuerzas para actuar razonablemente y poner fin cuanto antes a ese engaño matándose. Yo pertenecía a esa categoría: vivir como Salomón y Schopenhauer habían descrito, esto es, continuar viviendo, lavándose, vistiéndose, comiendo, hablando e incluso escribiendo y publicando libros, aun sabiendo que la vida es una broma estúpida que alguien nos ha gastado.
—Sin embargo, no se suicida.
—Ahora veo que si no me maté fue debido a una conciencia vaga de que mis ideas eran equivocadas.
—Explíquese, se lo agradeceremos.
—Mi duda se expresaba así: yo, mi razón, había reconocido que la vida era irracional, acaso debía de haber algo que todavía no supiera. Millones de personas que conforman la humanidad participan en la vida sin dudar de su sentido. «En alguna parte me he equivocado». Pero no podía descubrir dónde estaba ese error. Aunque la lógica de mis conclusiones sobre la vanidad de la vida era impecable, había algo equivocado en ellas, a pesar de que las confirmaban los más grandes pensadores.
—Pensadores que tampoco se suicidaron, casi siempre escribiendo excusas poco convincentes desde el punto de vista del fondo de su filosofía y sacrificando su propia coherencia.
—Sentía que la fuerza de convicción de la razón era perfecta, pero no bastaba, lo que me obligó a considerar que yo y cientos de personas de mi clase no conformábamos toda la humanidad, y que yo todavía no conocía lo que era la vida para la humanidad. Resultaba que toda la humanidad tenía un conocimiento del sentido de la vida que yo había pasado por alto y menospreciaba. De esto se deducía que el conocimiento racional no sólo no saca a la luz el sentido de la vida, sino que excluye la vida; mientras que el sentido que millones de personas dan a la existencia está basado en cierto conocimiento que es menospreciado y considerado falso. El conocimiento racional, como lo presentan los científicos y los sabios, niega el sentido de la vida, mientras que la enorme masa de gente, toda la humanidad, reconoce ese sentido mediante un conocimiento irracional. Y ese conocimiento irracional es la fe, la misma que yo no había podido aceptar.
—Sí, pero ¿qué tipo de fe?, esa es la cuestión.
—Sabía que no encontraría nada por la vía del conocimiento racional, salvo la negación de la vida, mientras que en la fe no encontraría nada salvo la negación de la razón.
—Ya veo, le comprendo perfectamente...
—Fui conducido de un modo inevitable a reconocer que toda la humanidad posee, además del conocimiento racional, que antes me parecía el único conocimiento posible, otro conocimiento, de tipo irracional: la fe, que nos da la posibilidad de vivir. La fe seguía siendo para mí tan irracional como antes, pero no podía dejar de reconocer que sólo ella proporciona a la humanidad respuestas a la cuestión de la vida y, por consiguiente, nos da la posibilidad de vivir. El conocimiento racional me llevó a la conclusión de que la vida era absurda: donde hay vida, hay fe.
—Sí, pero insisto, ¿es una fe válida la mera superstición?
—Desde el origen de la humanidad la fe nos ha dado la posibilidad de vivir, y los rasgos principales de la fe están en todas partes y son siempre los mismos.
—Yo no lo tengo tan claro. La fe en lo trascendente no interfiere en el sentido común, es así como un sentimiento de esperanza. La superstición introduce, sin embargo, elementos de juicio falsables como sustitutos de la razón.
—Sean cuales sean las respuestas que una fe u otra ofrecen al hombre, todas coinciden en dar un sentido infinito a la existencia finita del hombre, un sentido que ni los sufrimientos, ni las privaciones, ni la muerte pueden destruir. La fe es el conocimiento del sentido de la vida humana, gracias al cual el hombre no se aniquila, sino que vive. La fe es la fuerza de la vida. Si un hombre vive, es porque cree en algo.
—Nadie tiene certezas absolutas, incluso el hombre de fe duda. Y también hay creencias destructivas, nihilistas y perjudiciales. Algunas sectas, por ejemplo, han impulsado actitudes violentas o suicidios grupales.
—En ese momento estaba dispuesto a aceptar cualquier fe, a condición de que no exigiese de mí la negación directa de la razón, puesto que esa negación habría sido una mentira.
—Si no le entiendo mal, sería una especie de veto racional, como un guardián que marca los limites acerca de lo que se puede o no creer, ¿no? Es un buen proceder contra la superstición.
—Estudié los textos del budismo y del mahometanos, y sobre todo los del cristianismo y las vidas de los cristianos que me rodeaban. Naturalmente, primero me dirigí a los creyentes de mi propia clase, a personas instruidas, a teólogos ortodoxos, a monjes ancianos, a teólogos de los nuevos tipos de ortodoxia y a los así llamados «nuevos cristianos».
—¿Y qué es lo que vio?
—Pues que podía aceptar la fe de esa gente. Veía que lo que hacían pasar por fe no era la explicación, sino el oscurecimiento del sentido de la vida, y que ellos mismos no profesaban esa fe para responder a esa cuestión de la vida que me había conducido a la fe, sino por otros fines que me eran extraños. No era porque en la exposición de su fe mezclaran muchos elementos superfluos e irracionales, sino que ellos no vivían de acuerdo con los principios que formulaban al exponer su fe. Comprendía claramente que se estaban engañando a sí mismos. Comprendí que la fe de esas personas no era la fe que yo buscaba, que su fe no era fe, sino sólo uno de los consuelos epicúreos de la vida. Comprendí que esa fe tal vez fuera buena, si no como consuelo, sí para disipar el arrepentimiento de un Salomón en su lecho de muerte.
—Habla usted de incoherencia, engaño y elementos superfluos.
—Contrariamente a lo que veía en nuestro círculo, en el que toda la vida transcurría en la ociosidad, en la diversión y en la insatisfacción, veía que esas personas que trabajaban duro a lo largo de toda su existencia estaban menos insatisfechas con la vida que los ricos.
—Eso es fácil pensarlo mientras uno está sentado en un mullido sillón.
—Contrariamente a los hombres de nuestra clase, que se oponían al destino y se indignaban por sus privaciones y sufrimientos, esa gente aceptaba las enfermedades y las desgracias sin cuestionarlas ni protestar, con la convicción serena y firme de que todo eso debía ser así y que no podía ser de otra manera, y que todo era para bien.
—Yo no veo que esa resignación taoísta esté muy extendida hoy en día. La gente sufre, lucha, se arrepiente y permanentemente se rasga la piel enfrentándose a sus propios límites.
—La vida de nuestra clase, la de los ricos y los sabios, no sólo se volvió desagradable para mí, sino que perdió todo sentido.
—El aburrimiento del burgués —pensé—. ¿No será que los problemas cotidianos ocultan el problema básico y universal del hastío?
—Tomar conciencia de los errores del conocimiento racional me ayudó a liberarme de la tentación de las especulaciones ociosas.
—Tómeselas como juego, como mero pasatiempo, entretiene mucho.
—Esa búsqueda de Dios no era un razonamiento, sino un sentimiento, una sensación de miedo, de abandono, de soledad en medio de todo lo que era extraño para mí y, a la vez, una sensación de esperanza en encontrar la ayuda de alguien.
—Esa es la clave, pero quizás no estemos hablando de religión sino de antropología, como diría Feuerbach.
—Según una vieja costumbre, dirigía mis plegarias a Aquél a quien buscaba y no encontraba.
—Ese es un consuelo apofático, la vía negativa de Pseudo Dionisio Areopagita.
—Debía comprender no la existencia de una minoría, de nosotros, parásitos, sino la del sencillo pueblo trabajador, que la crea y le da sentido.
—No consigo entender por qué divide el pensamiento religioso en clases sociales. Cristo hablaba de los sencillos de espíritu, en todo caso, una especie de elogio a la estulticia. Aunque también veía complicado que un rico accediera al reino de los cielos.
—Para vivir según la voluntad de Dios es necesario renunciar a todos los placeres sensuales de la vida, trabajar, sufrir, ser humilde y misericordioso.
—La vía ascética no es la única.
—Sí, pero pesar de que mucho de lo que venía de la fe popular me parecía extraño, lo aceptaba todo.
—¿Y por qué, dónde estaba su veto racional?
—Mi actitud respecto a la fe era completamente diferente. Antes, la vida me parecía llena de sentido y consideraba la fe como la afirmación arbitraria de ciertos postulados totalmente inútiles para mí, desprovistos de sentido, sin relación con la existencia. Entonces me pregunté qué sentido tenían esos postulados y, convencido de que no tenían ninguno, los rechacé. Ahora, en cambio, sabía perfectamente que mi vida no tenía ni podía tener ningún sentido, y los postulados de la fe no sólo no me parecían inútiles, sino que la experiencia me había llevado a la convicción de que únicamente estos postulados daban sentido a la vida.
—Creo que me he perdido.
—Todo aquello en lo que cree sinceramente la gente debe ser verdad.
—Sostiene, entonces, que la moda es la verdad.
—Según las explicaciones de estos teólogos, el dogma fundamental de la fe es la infalibilidad de la Iglesia.
—Algo poco asumible habiendo tantas iglesias.
—Del reconocimiento de ese dogma se deriva, como conclusión necesaria, que todo cuanto admite la Iglesia es verdad. La Iglesia, como asamblea de creyentes unidos por el amor y poseedora, por tanto, del verdadero conocimiento, se convirtió en la base de mi fe. Me dije que la verdad divina no podía ser accesible a un solo hombre; que sólo se revela a una comunidad de hombres unidos por el amor. Al cumplir con los ritos de la Iglesia, se amansaba mi razón y me sometía a la tradición común a toda la humanidad. Me unía a mis antepasados, a los que amaba, a mi padre, a mi madre, a mis abuelos y abuelas. Ellos y todos los que habían venido antes que ellos habían creído y vivido, y me trajeron al mundo. Me unía, asimismo, a todos esos millones que conforman el pueblo, a los que yo respetaba.
—La verdad sería algo así como la tradición.
—Pero la fiesta principal era la conmemoración de la resurrección, cuya realidad no podía ni imaginar ni aceptar.
—Acaso la Encarnación no deja de ser la contaminación de la verdad espiritual, un hecho fantasioso, superfluo y contradictorio que la Iglesia ha sabido enmarañar y oscurecer a través de ese concepto tan complejo como es la Trinidad.
—En cuanto a las doce fiestas restantes, salvo la Navidad, eran conmemoraciones de milagros en los que trataba de no pensar para no verme obligado a negarlos.
—No se le ve nada cómodo en el seno de la Iglesia.
—Llegué a la fe porque, con excepción de ésta, no había encontrado nada, absolutamente nada, sino la muerte, por eso me era imposible rechazar esa fe, y me sometí. Hallé en mi alma un sentimiento que me ayudó a soportarlo. Era un sentimiento de autohumillación y de resignación.
—Ajá.
—Pero en cuanto me mezclaba con creyentes instruidos o leía sus libros, surgían en mí ciertas dudas, insatisfacción y amargura respecto a sus argumentos, y sentía que cuanto más ahondaba en sus discursos, más me alejaba de la verdad y más me acercaba al abismo.
—De nuevo.
—Sólo que yo, infeliz de mí, veía claramente que la verdad estaba entretejida con hilos sutiles de mentira, y no podía aceptarla en esa forma. Aunque veía que esas mentiras que me habían causado aversión eran menos flagrantes en el pueblo que entre los representantes de la Iglesia, veía, con todo, que en las creencias del pueblo se mezclaba la mentira con la verdad. Pero ¿de dónde procedía la mentira y de dónde la verdad?
—Mmmm.
—La mentira y la verdad procedían de lo que se conoce como Iglesia. La mentira y la verdad eran parte de la tradición, parte de lo que se llama la santa tradición, parte de las Escrituras. Dejé de dudar, me convencí por completo de que no eran ciertos todos los dogmas de la fe que había abrazado.
(Silencio de treinta segundos)
—Señor Tolstoi, en qué cree usted, le veo muy inquieto.





jueves, 9 de noviembre de 2017

Una cuestión definitiva

El título de la conferencia que estoy impartiendo en el College Pataphisique de France, con la colaboración de Leandro Gutiérrez —quien durante la lectura, por cierto, se queda dormido y sueña primero en Protágoras y posteriormente en Simplicio— se titula «Una cuestión definitiva». Esta conferencia que estoy impartiendo mientras duermo es una perorata sobre lo universal y el esperpento. En realidad es la recopilación de frases sin sentido que voy citando todas las noches antes de dormirme y que suelo utilizar como método hipnótico para conciliar el sueño. Estas frases sin sentido acaso guarden un ápice de literatura escondida que he trabajado muchos años para el «hombre arrinconado», una criatura que se esconde todas las noches en mis sueños y que se siente prácticamente abandonado. Imagino que alguien se preguntará qué diablos es lo que digo en esta conferencia, o quizás se limite a querer saber cuánto público hay en la sala escuchándome. Siento decepcionarles; el público es muy numeroso y atiende y entiende perfectamente mis palabras, pero jamás aplaude. No sé por qué. Desconozco si el «hombre arrinconado» se divierte o encuentra algo útil en lo que digo, pero lo cierto es que allí, acurrucado, medio solo en aquel rincón de la sala parece mucho más ridículo que habitualmente, cuando le veo pasear con el perro y con El País bajo el brazo. Cuando me preguntan a qué me dedico, digo que pertenezco al gremio de los conferenciantes dormidos y les explico que soy proveedor de conferencias para durmientes. Luego sonrío, porque si no lo hiciera la gente pensaría muy mal de mí.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Aurea mediocritas

Me tomo un café y decido aprovechar la lucidez efímera que me produce la cafeína para hacer algo novedoso. Elijo, para ello, subirme en el primer autobús que encuentro. Intencionadamente, procuro no fijarme en el número de línea ni en su destino, pues el café me ha impregnado de un espíritu muy aventurero. Pero en el momento de abrirse las puertas un estridente altavoz me señala el destino y el número de línea, a modo de fastidioso futurólogo que va contando por ahí a la gente y sin su permiso el día aciago de su defunción. Me pregunto por qué, pero sé que ningún argumento, por bueno que sea, resiste más de tres o cuatro porqués. Lean, si se atreven, «El tres de septiembre», relato del libro Palabras y sangre, de Giovanni Papini. La ironía socrática, la mayéutica socrática y la impotencia socrática. Hablan de un Sócrates racionalista los que olvidan la sombra que le soplaba al oído. El nihilismo es una pose fantasmal, conocer la nada y no quererla. Cuenta alguien que Vila-Matas embarulló tanto a los personajes de una larga novela que estaba escribiendo que hasta olvidó quiénes eran y qué hacían. A una mujer muerta la hizo reaparecer a la hora de cenar. Y el día en que se suponía que el asesino iba a ser electrocutado, le hizo comprar flores para una niña. Yo, que soy un pésimo lector de novelas, seguro que no me habría dado ni cuenta. En fin, me siento al lado de un viajero, que lleva un libro y un cuaderno, decidido a espiar sus movimientos mientras me imagino cuál será su posición sobre el sentido de la vida. Pese a mis esfuerzos, no consigo ver el título del libro, ocultado por el cuaderno que lleva abierto sobre sus piernas. ¿Significará esto que va a ponerse a escribir? Tras un momento de serias dudas, mi vecino de asiento dramatiza un profundo suspiro y saca del bolsillo una pluma estilográfica azulada. Con la parsimonia propia de quién va a escribir grandes frases, desenrosca la capucha, la inserta en la parte opuesta a la plumilla y se dispone a garabatear. En ese instante, mi corazón parece dispararse ante la expectante incertidumbre del momento:

«Ex nihilo nihil fit», escribe.

«De la nada, nada sale». Y, mirándome de reojo —imagino—, cierra el cuaderno en mis propias narices y ante mi estupefacta mirada.

Pasadas dos o tres paradas y tras una profunda reflexión, me bajo del autobús dispuesto a aplaudir, pero un señor con bastón me mira y, silbando, decido regresar disimulando a casa.