viernes, 24 de marzo de 2017

Poética musical, de Ígor Stravinsky

Sé perfectamente que las palabras dogma y dogmático, por poco que se las aplique en el orden estético, como en el orden espiritual, no dejan nunca de disgustar —de chocar— a algunos espíritus más ricos en sinceridad que fuertes en seguridad de juicio. Si insisto es para que ustedes acepten estos términos en toda la extensión de su legítimo sentido. La necesidad que tenemos de que prevalezca el orden por encima del caos, de que se destaque la línea recta de nuestra operación entre el amontonamiento y la confusión de posibilidades e indecisión de las ideas, supone la necesidad de un dogmatismo.

Nuestros sectores de vanguardia, dedicados a una puja perpetua, esperan y exigen de la música que satisfaga sus gustos por las absurdas cacofonías. Desconfío de la moneda falsa y me cuido muy bien de tomarla por moneda contante y sonante. Cacofonía quiere decir mala sonoridad, mercadería ilegal, música incoordinada, que no resiste a una crítica seria. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre la música de Arnold Schönberg —para citar el ejemplo de un compositor que evoluciona sobre un plan esencialmente distinto del mío, tanto por la estética como por la técnica—, cuyas obras han provocado a menudo violentas reacciones o sonrisas irónicas, es imposible que un espíritu honrado y provisto de una verdadera cultura musical deje de notar que es cabalmente consciente de lo que hace y que no engaña a nadie. Ha creado el sistema musical que le convenía, y en ese sistema es perfectamente lógico consigo mismo y perfectamente coherente. No se puede llamar cacofonía a una música por el mero hecho de que no agrade.

En el lenguaje escolar, la disonancia es un elemento de transición, un complejo o un intervalo sonoro que no se basta a sí mismo y que debe resolverse, para la satisfacción auditiva, en una consonancia perfecta. Pero del mismo modo que el ojo completa, en un dibujo, los rasgos que el pintor conscientemente ha omitido, el oído puede ser solicitado igualmente para que complete un acorde y proporcione una resolución no efectuada. La disonancia, en este caso, tiene el valor de una alusión. Todo esto supone un estilo en el que el uso de la disonancia estipula la necesidad de una resolución. Pero nada nos obliga a buscar constantemente la satisfacción en el reposo.

La disonancia se ha emancipado, y ya no está unida a su antigua función. Convertida en una cosa en sí, sucede que no prepara ni anuncia nada. La disonancia no es ya un factor de desorden, como la consonancia no es, tampoco, una garantía de seguridad.

Sin duda, la instrucción y la educación del público no han corrido parejas con la evolución de la técnica; un uso semejante de la disonancia ha amortiguado la reacción de oídos mal preparados a admitirla, determinando un estado de atonía en el que lo disonante no se distingue de lo consonante.

Esta lógica nos permite apreciar riquezas de cuya existencia ni sospechábamos                

Toda música no es más que una serie de impulsos que convergen hacia un punto definido de reposo. A esta ley general de atracción, el sistema tonal tradicional no aporta más que una satisfacción provisional, puesto que no posee un valor absoluto.

Por lo que a mí se refiere, siento una especie de terror cuando, al ponerme a trabajar, ante de la infinidad de posibilidades que se me ofrecen, tengo la sensación de que todo me está permitido. Si todo me está permitido, lo mejor y lo peor; si ninguna resistencia se me ofrece, todo esfuerzo es inconcebible; no puedo apoyarme en nada y toda empresa, desde entonces, es vana. ¿Estoy, pues, obligado a perderme en este abismo de libertad? ¿A qué podré asirme para escapar al vértigo que me atrae ante la virtualidad de este infinito?

Y en arte, como en todas las cosas, no se edifica si no es sobre un cimiento resistente: lo que se opone al apoyo se opone también al movimiento. Mi libertad consiste, pues, en mis movimientos dentro del estrecho marco que yo mismo me he asignado para cada una de mis empresas. Y diré más: mi libertad será tanto más grande y profunda cuanto más estrechamente limite mi campo de actuación y me imponga más obstáculos.

El menos enterado entre los melómanos se agarra encantado a los flecos de una obra; le gusta esa obra por razones que a menudo nada tienen que ver con la esencia de la música. Este placer le basta, y no requiere ninguna justificación. Pero si ocurre que la música le desagrada, nuestro melómano pedirá cuentas por semejante contratiempo. Exigirá que se le explique lo que en esencia es inefable.

No estamos ya en los tiempos en que Bach, Händel y Vivaldi hablaban sensiblemente el mismo lenguaje que sus discípulos repetían después, transformándolo a su manera, cada cual según su personalidad. No estamos tampoco en los tiempos en que Haydn y Mozart se imitaban en obras que servirían de modelo a sus sucesores, como Rossini, que gustaba repetir de modo tan conmovedor que Mozart había sido la alegría de su juventud, la desesperación de su madurez y el consuelo de su vejez.

Pero el sentido musical no puede adquirirse ni desarrollarse sin ejercicio. En música, como en todas las cosas, la inactividad conduce, poco a poco, a la anquilosis, a la atrofia de las facultades. Así entendida, la música termina por ser una especie de estupefaciente, que, lejos de estimular el espíritu, lo paraliza y lo embrutece.




martes, 21 de marzo de 2017

Muerte aparente en el pensar, de Peter Sloterdijk

San Pablo dijo: vivo, pero no yo mismo, sino que Cristo vive en mí. El lógico platónico declara: pienso, pero cada vez que pienso correctamente no soy yo mismo sino la idea en mí. Ésta fue la gran intuición de Platón.

La Academia es el equivalente de lo que Husserl enfatizó como epojé: una casa para la cosmovisión y la puesta entre paréntesis de las preocupaciones, un asilo para esos huéspedes enigmáticos que llamamos ideas, un retiro o un lugar de reclusión absolutamente concreto, muy cerca de la ciudad, a pocos pasos de las murallas, al que se puede entrar si se respetan las condiciones de admisión: conocimientos previos de matemática y buena voluntad para dejarse instruir por lo «no oculto» o «no engañoso».

Al fundar la Academia el año 387 a. C., Platón tenía en mente un diseño práctico de vida retirada tal como lo había conocido en su primer viaje a Sicilia. Parece que en la ciudad de Crotona, en el sur de Italia, encontró una comunidad de eremitas dedicados a la teoría, que se remitían al sabio Pitágoras, maestro muerto hacía ya más de cien años. Aquellos extraños personajes se habían apartado de la comunidad ciudadana para llevar una vida dedicada al estudio de los números y al vegetarianismo.

En aquellos tiempos, en lugar del concurso de puntos de vista con sentido, que presentaran auténticas perspectivas vitales, había aparecido la agitación permanente. El tumulto de los eslóganes había desplazado el bello pluralismo de las opiniones generadas en el acontecer de la vida. Lo que quedaba eran instigaciones militantes, como las que se conocen también en la disputa sin fin entre los campos ideológicos modernos. La instauración de la filosofía mediante la apertura de la escuela de Platón fue una reacción al desmoronamiento del modelo ateniense de la polis, donde la democracia, como forma colectiva de vida deseable, había fracasado.

Cuando Platón, entonces con cuarenta años, tras su regreso del primer viaje a Sicilia, adquirió el solar en el bosquecillo del Hekádemos, al noroeste de los muros de la ciudad, para establecer allí su jardín de la teoría, muy cercano a un campo de deportes, había pasado justamente un decenio desde que en el año 399 a. C. tuviera lugar el proceso contra Sócrates, acusado de impiedad o desprecio al culto (asébeia) y de influjo pernicioso en la juventud. Un período fatal para Atenas. Entre el 404 y el 403 a. C. azotó a la ciudad la sangrienta reacción oligárquica que se conoce por los libros de historia como la «Dictadura de los Treinta»; inmediatamente antes, la guerra de tres decenios contra Esparta había terminado con la ruina de Atenas y con un régimen de ocupación temporal espartano. La juventud de Platón —había nacido en torno al 428 a. C.— estuvo marcada por la decadencia y la derrota en acontecimientos bélicos permanentes.

La filosofía, tal como Platón la transmitió a la posteridad, es hija de la derrota y, a la vez, una huida espiritual hacia delante. Comprendida desde su origen histórico e interpretada según su ánimo fundamental, el desde entonces llamado «amor a la sabiduría» es la forma primera y más pura del romanticismo de los perdedores. Muestra lo que pueden hacer los perdedores para convertir como por arte de magia, en el último minuto, las derrotas en victorias. Puede que el Sócrates vivo fuera el último ciudadano auténtico de la polis, que no hubiera querido vivir en ninguna otra parte sino en su ciudad y bajo sus leyes; y que por eso se negara a huir tras el veredicto de culpabilidad. Sócrates en el umbral de la muerte es el testigo principal del mundo postpolítico.

Platón transforma la muerte del sabio en la protoescena de la superación del mundo y de la vida al modo de existencia filosófica. En cierta manera este Sócrates es el primer Cristo, en suelo griego. Con su estilización de la despedida de Sócrates, Platón contribuyó mucho, sin duda, a dotar a la escena de un sentido de ascensión al cielo. El discípulo indócil, con ideas propias, había comprendido que sólo una nueva interpretación de la muerte conseguiría compensar la catástrofe de la vida política: por eso, en él la nueva disciplina llamada filosofía aparece desde el principio como «ars moriendi». Reinterpreta la muerte del sabio convirtiéndola en una epojé universal que pone entre paréntesis la dependencia de los seres humanos de la vida física y concibe la existencia en carne y hueso como mera prueba o como cumplimiento obligatorio de una tarea marcada por la culpa y el destino proveniente de existencias anteriores. La muerte entendida como regreso consciente al origen se convierte en una tarea a la que los individuos se pueden consagrar sin injerencia alguna, sin que la «sociedad», ahora sólo una coexistencia externa de seguidores individualizados de intereses, pueda entrometerse. Ésta fue la oportunidad que aprovechó Platón: la filosofía se hace independiente de la ciudad estableciendo otro orden de memoria salvadora. El individuo despierto ya no necesita una posteridad política para pervivir en su memoria. El individuo ya no busca su salvación en el recuerdo de los descendientes. En adelante la salvación se alcanza por la reunificación anamnésica con el supramundo. En las culturas ascéticas indias se observa un giro atmosférico análogo.

Desde entonces los filósofos viven en las ciudades como asilados con pasaportes extranjeros. Los espíritus libres hacen su entrada en el escenario del mundo. Su mera existencia implica el reproche a la realidad de no satisfacer los ideales de aquellos que se han desmarcado del día a día para defender postulados más altos.

Nada hay tan característico del romanticismo de perdedores como la tendencia a que sus actores se atribuyan como virtud su propia incapacidad en cuestiones prácticas y proclamen su inutilidad para servicios y cargos concretos como prueba de su competencia para cualquier problema universal; como lo muestra Alejandro al permitir que Diógenes le diga que ha de quitarse de en medio para dejar que le llegue el sol. La nueva antítesis entre poder y espíritu es controlada por parte del espíritu.




viernes, 17 de marzo de 2017

Vidas paralelas: Antonio Escohotado y Sísifo

Antonio Escohotado tiene una cuenta en Twitter que gestiona su hijo. ¿Qué tiene esta red social que quien se acerca a ella termina permanentemente enfadado o con una mueca de estupidez que paraliza su babeante rostro?

Escribe Escohotado, no sé si el padre o el hijo, desde luego sin la ayuda del Espíritu Santo, lo siguiente: «Cada minuto que pasa me siento feliz de comprobar que el esfuerzo no siempre lleva al éxito, pero sí al amor propio y a la dignidad». Aplausos en forma de corazones y retuiteos. Lo cursi, si está respaldado por una autoridad intelectual, vende mucho.

Nada más leerlo me puse a pensar en Sísifo y en su esfuerzo baldío carente de dignidad alguna, que simboliza muy bien lo contrario de lo que nos dice mi admirado filósofo. He de decir que este era un ejemplo neutro, pues también pensé en el esfuerzo de los sicarios, ladrones, asesinos y estafadores.

El esfuerzo será digno en función de que se dirija o no al bien absoluto del que hablaba Platón. Y ahí me adentro ya en el resbaladizo terreno místico. Sentir la vida como algo problemático es sentir que no es claro su sentido; es como intuir que no bastan los hechos del mundo sino lo que significan a la luz de una referencia absoluta, esa que se nos escapa, aunque sepamos que siempre sigue ahí.