miércoles, 19 de julio de 2017

Platón y ”Despacito“

Oigo que el bodrio de la canción de moda ha batido no sé cuántos récords de miles de millones de descargas. Una canción que, si se analizan sus cuatro acordes, uno puede calificar de copia de recopias elevado a infinito. En fin, dejaré a Platón que continúe:

—«[...] la música debe ser juzgada por el placer, pero no por el del primero que venga a mano [...] Es la mejor música aquella que agrada a los mejores y bien educados  [...pasa] como [con] la ley actual de Sicilia e Italia, que, abdicando en la multitud de los espectadores y eligiendo al vencedor por votación de manos en alto, ha corrompido a los mismos poetas, estos, en efecto, componen sus obras conforme al gusto de esos jueces, que es perverso» [Las leyes 658e y 659b].


domingo, 16 de julio de 2017

De Platón a Puigdemont

Solo muy de vez en cuando me acuerdo de que el poder es una esclavitud sutil en manos de hombres muy poco sutiles. Platón se atrevió a meterse en política como un acto en defensa propia. Es cierto que quiso experimentar en Siracusa las ideas sobre las que tanto le gustaba teorizar, pero lo de Sicilia fue solo un ensayo en tres actos que terminó chocando con la naturaleza humana. Y digo lo de la defensa propia porque creo que pensaba que había que gobernar, no porque le gustara hacerlo, sino para asegurarse de que no lo hicieran los tontos o los malos.

Al salir del templo, me pregunto por qué se fue hasta allí. Platón era un hombre austero al que el lujoso modo de vida siracusano no le hacía mucha gracia. Creo encontrar una posible respuesta en una de sus cartas, concretamente en la quinta, donde dice que nació «tarde en su patria y se encontró con que el pueblo ya era anciano y estaba acostumbrado por los que le habían precedido a obrar muchas acciones nada acordes con sus consejos».

Esta inadaptación es esencial en los espíritus superiores —me susurra Schopenhauer al oído— y es inevitable. Por mucho que se trasladara a otros lugares y culturas, debía saber que si abandonaba una Grecia imperfecta se encontraría con grados de imperfección crecientes en otros lugares.

Mientras mi vecino me habla del intenso calor que hace, pienso en una viñeta de El Roto que dice que mantener a la gente en el infierno es algo sencillo, solo hay que convencerlos de que no hay otro lugar. ¡Menuda solución sería esa para frenar la inmigración!, pero acaso olvide el sofista —de manera voluntaria y malévola— el caso contrario: que también se puede despreciar un mundo aceptable haciendo creer a la gente que hay un paraíso al alcance de políticos que creen que pueden. La izquierda tiene un problema cuando uno de sus lúcidos líderes europeos considera que hay que saber conciliar ser de izquierdas y ser creíble. Yo me conformaría con no verles hacer el ridículo con tanta intensidad. Y es que, desgraciado de mí, me estoy acordando de Pedro Sánchez, que aspira a negociar con la Generalidad golpista un paquete de reformas constitucionales que no están ni a su alcance. Es como si yo pretendiera vender el Edificio España cuando ni siquiera es de mi propiedad.

A las doce y cuarto me da por pensar, con cierta indignación afectada, que aún se atreve a acusar a Rajoy de inmovilista. ¡Qué manía de moverse la de los hiperactivos! Moverse mucho para no hacer nada y terminar agotando a los demás. Es complicado subsistir entre sus temblores y aspavientos. Yo a Rajoy le aconsejaría salir del inmovilismo, sí, pero en sentido contrario, por ejemplo, planteando de primeras la devolución de la competencia de Educación a todas las autonomías.

Me aterro ligeramente cuando veo que Puigdemont y el resto del frenopático sobreviven porque hay una izquierda tan esperpéntica que sigue identificando la idea de la España unida con el franquismo y el PP. «Agitemos, agitemos. A ver qué pasa. Con esta izquierda puede ocurrir cualquier cosa», pensará Junqueras, el más listo de la clase. Y eso es lo que los mantiene: Puigdemont parece aún más tonto que Arturo Mas, pero tiene a su favor que la izquierda española comparte sus pocas luces y la hiperactividad deseante, obsesionada con tener más y más con la burda excusa de la igualdad.

viernes, 14 de julio de 2017

La posverdad (y III)

Vuelvo a refugiarme en la contemplación de la sofistica de la antigua Grecia. Siempre es bueno acercarse a estos pensadores que aumentan mi confusión. Personajes como Licofrón, Hipias, Jeníades o Pródico que enseñan retórica y su utilización para conseguir el éxito a cualquier coste, abusando del sofisma, la falacia, el engaño, la sabiduría aparente. Personajes peligrosos, embaucadores, con mucha habilidad, sin escrúpulos, indiferentes a la verdad —o a la posverdad—.

Quizás por eso sus escritos no han llegado hasta nosotros, salvo un puñado de fragmentos y testimonios. Muchos de ellos gracias a la labor crítica de Platón quien los veía como rivales seductores duros y peligrosos, como los publicistas de hoy.

Como decía Jenófanes, ningún hombre tiene acceso a la Verdad, solo a la verdad. La eterna lucha entre la incognoscible Verdad frente a la verdad pragmática que da como fruto un relativismo, ya vislumbrado por Heráclito, donde el sujeto es juez y parte, como su contrario.

Sin embargo, nos molesta más el nihilismo ético que el ontológico. Nos molesta que la moralidad sea tan solo una ilusión. Los actos inmorales duelen.

El mejor fue Protágoras, sin duda, un convencionalista. Sus ideas nos han llegado a través de Diógenes Laercio, Filostrato y Platón. Parece ser que tuvo relación con Pericles y Aspasia. Asombra verle discutir admirablemente con Sócrates en el diálogo homónimo de Platón. Se observa la desnaturalización de la moral, donde nomos es más importante que physis. La educación es el factor clave de la moralización, y es entonces cuando ya actúa como naturaleza. Lo relativo frente a lo absoluto; la mayoría frente al experto; el Hombre es la medida; la mayoría es la medida; la plebe es la medida. Fue el primero en cobrar emolumentos por sus enseñanzas. Se hizo rico, pero al final parece que fue desterrado y sus libros quemados. Sobre los dioses no se pronunciaba, dado su temple agnóstico.

Gorgias fue otro de los grandes. Se cree que vivió más de cien años. Un gran orador al que Platón le dedica otro diálogo con su mismo nombre. La inteligencia cambia rápidamente de creencias. Nada existe: o es inaprensible o no se puede comunicar o explicar.

Trasímaco aparece en en la República. Especifica que la moral es una convención no de todos, sino de una parte sobre los demás. Lo justo es lo conveniente para el Gobierno. La realidad del poder. Es más fácil preguntar que contestar.

Con Antifonte asistimos a la primera formulación del concepto de Ley natural y del nietzschano derecho del más fuerte, donde la ley es el instrumento de los numerosos débiles contra la minoría de los fuertes.

Y no puedo olvidar a Critias, familiar y discípulo descarriado de Sócrates, el prototipo de hombre ambicioso y cruel. Fue uno de los treinta tiranos que gobernaron después de la Guerra del Peloponeso. Me recuerda a alguien.