sábado, 19 de mayo de 2018

Al borde de La antorcha de Kraus

El arte, como la religión, creo, sirve para resguardarse del devenir y sentirse efímeramente, pero en plenitud, ser. Por eso, el arte solo puede ser excepcional, ajeno a la industria, a lo popular y, por supuesto, a lo subvencionado. Los mercados son insaciables e intentarán aumentar la rentabilidad fomentando lo pop. Pero un arte subvencionado, en manos de un estado también insaciable, no dejará de ser un simple y efectivo medio de propaganda, clientelismo y despilfarro.
   Hay creadores que se quejan de que no se les apoya. Una lectura asidua de La antorcha de Kraus, un paradigma de arte puro, gratuito y libre, independiente, es una luz que puede servirles para orientarse en sus penumbras.
   El artista aislado, hoy, es como el santo estilita del siglo V. Subsistirá solo si disfruta haciendo su labor artística. Si luego hay un entorno que resalta su trabajo, mejor. O peor, pues también hay artistas bloqueados por la repercusión de sus obras.
   La contaminación que se aprecia en el artista que desea vender su creación y vivir a costa de ella es un asunto muy complejo, pero no me parece que ayude en nada al arte en sí.