Solo, de Strindberg
Strindberg escribe este libro sumergido en una soledad que no busca consuelo ni forma y que se mira a sí misma hasta volverse áspera, antipática, hostil. No es el retiro del místico ni el silencio fértil del artista, sino una habitación mental donde cada pensamiento rebota contra las paredes y regresa deformado, suspicaz, fatigado de existir. Por eso puede parecer la parte mala de Memorias del subsuelo. Comparte el monólogo agrio, la conciencia que se descompone al observarse, el yo que se vuelve juez y verdugo. Pero en Dostoyevski había una herida metafísica que sangraba ideas. En Strindberg solo hay un cansancio nervioso. No discute con el mundo; lo sospecha, lo esquiva, pero no lo ataca adecuadamente. Y en ese gesto se va quedando sin aire. Que leyera a Balzac asiduamente explica mucho. Que un solitario disfrute con la respiración social de Balzac resulta paradójico. Por eso, Solo parece un cuarto mal ventilado. Uno cree en la densidad del alma, no en la densidad del aire de un cuarto cerrado.
Sin embargo, hay algo honesto, que es también su verdad estética. No busca gustar, ni convencer, ni siquiera explicarse. Se limita a dejar constancia de una mente que ya no puede habitar lo común sin sentirlo como amenaza. Es literatura de repliegue, de irritación, de vigilancia. Una escritura que no se expande, sino que se contrae. Tal vez por eso incomoda, porque no ofrece compensación. No hay la voluptuosidad ni el vértigo filosófico del subsuelo. Solo queda la conciencia aislada, rumiando su propio eco, con ese tono seco y antipático. No miente, pero tampoco acompaña. Está solo de verdad.










