Jocelyn Benoist: cuando algo no encaja


Abrí Elementos de filosofía esperando una ventana al aire, y en cambio encontré una resistencia discreta, como la de las cosas que se niegan a obedecer cuando uno pretende que el mundo sea una frase bien escrita. Jocelyn Benoist parecía decirme que la realidad no estaba allí para confirmar mis metáforas, sino para arruinarlas con elegancia. A mí, que siempre sospecho de los sistemas cerrados y prefiero los libros que se escriben a sí mismos mientras dudan de su existencia. Si Benoist hubiera pasado por esto, quizá habría sido un personaje secundario, un filósofo que no cree en el “mundo en sí”, pero tampoco en el mundo como ficción consensuada; alguien que insiste en que lo real aparece justo cuando el relato falla. Un saboteador amable del sentido. El realismo de Benoist no entra por la puerta principal de la metafísica, sino por la de la cocina, por la de la práctica. No dice “el mundo existe” con solemnidad ontológica, sino que las cosas pasan, y pasan incluso cuando no sabemos bien cómo decirlas. Hay hechos, sí, pero no son como estatuas, son más bien como tropiezos. Uno camina, interpreta, teoriza, y de pronto se equivoca. Ese error, esa pequeña humillación, es la firma de lo real. La realidad como interrupción narrativa. Los escritores fracasan, desaparecen, se plagian a sí mismos. Las teorías hacen algo parecido. Se desajustan. No porque sean falsas en abstracto, sino porque el mundo no coopera del todo con ellas. Y ese desacuerdo mínimo, casi doméstico, vale más que cualquier “cosa en sí” trascendental. El filósofo francés parece desconfiar del exceso de lenguaje, como si hubiera leído demasiados libros donde el mundo acaba convertido en una nota marginal. No todo es semántica, nos dice. No todo puede resolverse ajustando definiciones. Hay algo anterior a la frase, pero no místico. Se trata de una resistencia práctica, una norma muda que nos corrige. Algo que dice “no” cuando decimos “sí”, y que no necesita justificar su negativa. Quizá por eso su realismo no tiene épica. No promete acceso privilegiado a la verdad ni un inventario definitivo de lo que hay. Es un realismo menor, modesto, casi narrativo, que aparece en escenas concretas, en contextos, en usos. Un realismo que se parece al de esos narradores que no afirman, sino que tantean, dudan, se desdicen, como una novela sin personajes, donde el protagonista es el error, fértil, necesario, revelador. Porque solo allí donde podemos equivocarnos hay una realidad que no lleva comillas. Me decidí, entonces, a no buscar la realidad detrás de las frases, sino a buscarla donde las frases dejan de servir. La realidad no es teoría, es una resistencia. La frase perfecta no convence a nadie. Lo real no discute, no argumenta, no persuade. Simplemente insiste.


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