Carlo Rovelli: el tiempo es ignorancia


Rovelli es un físico que piensa como filósofo y escribe como poeta. Lo imagino esperando a un taxi que se retrasa, entreteniéndose con la idea de que el tiempo —ese mismo que desespera a los viajeros— no es más que una ilusión bien educada. Lo veo allí, en una acera mojada de Turín, sonriendo con esa serenidad de quien ha pasado demasiadas horas conversando con los átomos, como si ellos fueran los únicos capaces de tolerar sus teorías sin levantar las cejas ni bostezar. Y pienso entonces que su física, más que una ciencia, es un nuevo arte de la desaparición: suprimir el tiempo, disolver el espacio, convertir el universo en un enjambre de relaciones que se encienden y se apagan como las nuevas balizas obligatorias.

“El tiempo es ignorancia”

Rovelli sostiene que el tiempo no es una entidad fundamental del universo, sino una emergencia a nivel macroscópico derivada de la entropía y de nuestra perspectiva limitada. A nivel fundamental (en la escala de Planck), el universo es atemporal. En El orden del tiempo afirma que el tiempo es una construcción nuestra y explica por qué en las ecuaciones fundamentales de la física el tiempo “desaparece”. 

Yo estoy detrás de él, imaginariamente, y me pregunto qué queda de nosotros cuando Rovelli nos arrebata el escenario tradicional donde actuamos. Si el tiempo no existe, ¿qué será de mis tardes perdidas, de mis arrepentimientos, de mi impaciencia, de mis prisas? 

“El universo está hecho de eventos, no de cosas”

Rovelli insiste en que no hay objetos aislados; lo que hay son vínculos, destellos de interacción. Y yo, que siempre he desconfiado de la identidad —propia y ajena—, donde el yo es un moderador en medio de una asamblea multitudinaria, encuentro un consuelo un poco perverso en esa idea. No soy yo, son mis relaciones con los demás: mi conversación con el camarero cansado, mi sombra apoyándose en la pared, mi mal hábito de perder paraguas. A veces siento que mi yo es un fenómeno cuántico que aparece únicamente cuando alguien me mira, y desaparece en cuanto cierro la puerta del ascensor.

“En la naturaleza no hay más que átomos y vacío; todo lo demás es prejuicio” 

Pero ahí está Rovelli, sonriente, explicando que el universo es un conjunto de procesos, no una colección de cosas. Y de pronto todo se vuelve narrativo, como si la física moderna hubiera decidido por fin tomar clases de literatura: no hay personajes, solo acciones; no hay estatuas, solo movimientos. Es una física tan novelística que uno sospecha que, en algún momento, los físicos nos pedirán permiso para entrar en nuestras ficciones, igual que los escritores llevan años queriendo infiltrarse en los laboratorios para mezclar ecuaciones con melancolías.

“La ciencia es una larga historia de despedidas: nos despedimos del tiempo absoluto, del espacio absoluto, de la simultaneidad, del determinismo… y cada despedida nos hace más libres”

Al final, el taxi llega, y Rovelli sube sin prisa, seguro de que el tiempo no avanzará más rápido por mucho que el conductor pise el acelerador. Yo me quedo abajo, fuera del tiempo quizá, preguntándome si todo esto no será otra ilusión, un juego de espejos que inventé para justificar mi incapacidad de comprender la física cuántica. Pero entonces recuerdo que, según Rovelli, comprender no es acumular certezas, sino aprender a moverse entre relaciones cambiantes. Y me digo que tal vez ahí, en ese tránsito precario, está la única forma de posibilidad.


 

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