Mi hermana y yo. ¿Nietzsche?
Mi madre —a quien cada día he odiado más intensamente desde mi niñez— estaba muerta. A Strindberg le gusta atormentar. Es un atormentador nato. Me atormenta a mí y al mundo, pero sobre todo se atormenta a sí mismo. El libro de mi infancia fue la Biblia. La conversación, considerada como discurso entre dos personas, es inevitablemente imposible de alcanzar por ninguna mujer. Mis ojos empezaron a dolerme. Sufría violentos dolores de cabeza. El wagnerianismo, del que me contaminé a los diecisiete años, es una peste. Todavía estoy huyendo. ¿De quién, de qué estoy huyendo ahora? Creí haber despejado todas las dudas cuando terminé de escribir Ecce Homo. Tan mal visto por mi familia y se impide su publicación. Decidí confiar estas notas a un vecino. Me ahogo en el sofocante vacío de la vejez, sin amor, sin vida, sin el canto de las «sirenas» que me devuelva a mi ser vital. Escribí el quinto evangelio de Zaratustra. Ariadna, ¡os amo! Cósima. He amado la vida apasionadamente, pero nunca me atreví a encauzar este amor en la dirección de una experiencia erótica normal. El exceso de pudor de mi madre envenenó el manantial de mi existencia. Mi madre puso en sus entrañas el ideal ascético de Cristo para escapar a la tortura de la carne. Nunca quise mi orgullosa soledad. Yo ni tengo Dios, ni un solo amigo! Oh, Lou, mi paraíso perdido. Me cansé paulatinamente del mundo del cual recibí sólo engaños. Sólo recuerdo los besos culpables de aquella que cerró toda salida a la vida de amor, condenándome a un odio hacia Dios, hacia el hombre y hacia mí mismo. Mientras otros escritores se han ocupado sólo de describir los amores de la gente, yo he diferido para el final este insignificante tema. Es una prerrogativa del hombre insano la de soñar que es un ser fatal, y que ha partido en dos la historia del mundo como pensaba que hice en Ecce Homo. El mundo no ha sido aniquilado, sino yo; la naturaleza rechaza las ideas, aun las más nobles, a favor de la simple existencia animal: la «vida» es su propia meta. Despojado de mi último velo de ilusión —el poder de las ideas—, contemplo con terror el «vacío», pero todavía me aferró a la existencia. En ausencia de todo deseo queda todavía el deseo de vivir, aun cuando cada hálito es una agonía, y la muerte contiene la promesa de aliviar el dolor. La muerte está en nuestro poder, pero la vida nunca. ¿Quién es ahora, sobre esta tierra, inferior a mí? Esta gran mente mía, la más grande desde Aristóteles, la están amasando con la pasta de la imbecilidad. Mi Dios era el «poder», y por mi impotencia me doy cuenta que he construido sobre cimientos de arena. El Anticristo yace en ruinas frente al indestructible pie de Cristo, calzado con el amor del mundo. Yo me empeñé en un ataque total contra la esclavitud moral de los judeocristianos. Esto me dejó sin un amigo, y fui un ermitaño en mi soledad. Hasta que aparecieron las lagunas de la locura y sucedió esto: ¡Al gritar contra la locura de Dios, enloquecí yo mismo! Todo se puede adquirir en la soledad, excepto la cordura. Un hombre solamente puede vivir mientras esté ebrio, ebrio de vino, de mujeres, de ideas o de pasión mesiánica. Nos acercaremos a la verdad en la proporción que nos alejamos de la vida, dijo Sócrates, a punto de beber la cicuta. Todo es vanidad y una persecución tras el viento, pero esta sabiduría salomónica es difícil de aceptar. Sócrates, Schopenhauer, Salomón y Sakia Muni sólo son envidiosos eunucos que han perdido el sabor de la vida. La mente del hombre socialista falla en comprender que la distribución desigual del bienestar, poder y conocimientos son esenciales en una comunidad para ejercitar continuamente sentimientos tales como piedad, compasión, generosidad y protección, que constituyen los ingredientes de la única civilización que ha persistido entre los hombres. Una nación pacifista es una nación que agoniza. El rey Luis, que decía: El Estado soy yo, habría sido más sincero si hubiera dicho: He suspendido en mi Estado la ejecución de todas las leyes, excepto las que contribuyen a mi placer. El espíritu «narcisista» de la ley. En total, ha habido cuatro mujeres en mi vida. Las dos únicas que me aportaron alguna felicidad fueron prostitutas. Pero la felicidad que me trajeron fue una dicha momentánea. Lou, muy inteligente (demasiado inteligente, a veces), pero rehusó casarse conmigo. Schopenhauer, pensador tan grande como cualquiera de sus predecesores, no se avergonzaba de ser ante todo un escritor. Schopenhauer, no comprendo cómo, pudo vivir en una paz envidiable a pesar de su desilusión. Schopenhauer se parece en cierto sentido al autor hebreo del Eclesiastés. Schopenhauer reabrió todas las puertas de la existencia cerradas por Kant, pero sólo extrajo observaciones amargas y sin esperanza de todo lo que vio. ¿Por qué este permanente retorno sobre el tema de la salvación, como si nuestra vida en esta tierra no fuera más que un castigo constante? La ironía de mi vida es que elogio al fuerte y simpatizo con el débil. Sólo en esas oportunidades, cuando la carne está desgarrada y los huesos rotos, el médico es verdaderamente útil. La soledad es lo que más me hace padecer aquí. Sólo cuando troqué la filología por la filosofía me atacó la maligna progenie de Pandora. En general, los ingleses han estado siempre más interesados en los hechos que en las ideas. No hay nada científico en nuestra moral, y todavía menos moral en nuestra ciencia. Para conciliar las dos, un nuevo grupo de dioses deben ser concebidos, ordenados y popularizados. Él tenía fe en la eterna razón. Al luchar contra los filisteos me transformé yo mismo en filisteo, y abandoné el deseo de la razón por el deseo ciego del poder, el deseo que se destruye a sí mismo en la impotencia. Mi cruzada contra Sócrates era realmente una guerra contra mí mismo, es decir, la parte de mi ser racional que poseo en común con Heráclito, mi voluntad para razonar, mi pasión por la verdad absoluta. Los dioses han sido amables conmigo, y mediante la lección de la parálisis y enfermedad del cerebro me han enseñado a valorar mucho más la salud física y moral, aplastando mi frenesí dionisíaco para apreciar mejor la calma apolínea y la razón de Sócrates. El mundo está hastiado de filósofos. Yo estoy hastiado de mi personalidad socrática. Sócrates pensaba que constituía un remedio lo que sólo era otra manifestación de la enfermedad. Dios ha tornado tonta la sabiduría del mundo, dijo San Pablo. Puedo ser bastante antinietzscheniano como para darme cuenta que las masas, a quienes yo llamaba estiércol, constituyen realmente las fuerzas triunfantes de la historia. Nietzsche contra Nietzsche: sorprenderé al mundo con mi autotraición. Macbeth: la vida es un cuento narrado por un idiota. Esto ha sido la causa de mi ruina: el divorcio entre lo que he predicado y lo que he hecho. La medida no es el hombre sino el Superhombre; Protágoras debe dar paso a Nietzsche. Justino Mártir: Sócrates fue el único cristiano antes de la llegada de Cristo. Vosotros, seres divinos, dadme la locura, para que pueda creer en mí mismo. He tratado de convertir la filosofía en un arte, el arte de vivir. Solo quedó para mí, la lucha, la brutalidad pura del darwismo social. La lectura de los clásicos y mis sueños con la garganta de Fraulein Raabe, me han aportado la única felicidad pura que pueda mencionar sin humillación. A medida que envejezco me fascinan más las ideas y me atrae menos la gente. El enamorado de lo natural, que nunca hice algo natural excepto si encontraba un acto artificial que pudiera reemplazarlo. Testimonio: no vivo, escribo. No comparamos nuestros poderes en relación a la curva creciente de la grandeza de la comunidad, sino con la talla y el adelanto de los otros individuos similares a nosotros. Los individuos no son nada mientras viven, y son menos que nada después de muertos. Jesús y sus discípulos eran gente de buen corazón, le dije, pero eran malos economistas. El primer gran estafador y asesino del mundo fue el primer historiador. He amado a Wagner durante algún tiempo. Nunca cesé de amar a Cósima. Lo único que Wagner tenía en la cabeza era su propia persona, y el deseo de tener al mundo de rodillas ante él. El arte no justifica el vivir. Si Dios realmente se apiada de nosotros, es que juega con dados cargados. Era magnífico trabajar en la soledad de la noche, la única verdadera soledad posible para aquellos que no compartimos los sueños del ejército de los niños. Podía imaginarme que era el príncipe de la soledad. La muerte constituye el enigma de todos los problemas de la metafísica. La fórmula de la moral de Kant —actuad como si la doctrina de vuestros actos se convirtiera en una ley universal de la naturaleza—, constituye una muestra de la clásica hipocresía. La lujuria ha logrado enseñarme más que la literatura, y todas las bibliotecas que he devorado son palabras huecas en comparación con los besos perjuros de la condesa, de Circe que transformaba a sus amantes en cerdos. A los quince años escribí en mi diario: Grande es el dominio de la sabiduría y eterna la búsqueda de la verdad. Descubrí en Leipzig que los estudiantes limitaban a las cervecerías y los burdeles su búsqueda de la verdad. No existen los llamados fenómenos de la moral, sino sólo una interpretación moral de los fenómenos. Los hombres de talento, que sólo pueden ser juzgados de acuerdo con sus propias reglas y no por las normas establecidas para la masa. La poesía es la metafísica más consumada. En las ocasiones en que otros filósofos consideran preciso escribir libros, yo escribo un pequeño párrafo. Hacia la mitad de El Anticristo perdí la sensación de resentimiento y comencé a escribir desatinos. El más lírico de todos mis escritos. Las discrepancias humanas son principalmente diferencias de lenguaje. Orden es lo que un demagogo impone en una escala de hechos que no conducen por sí mismos a nada. Todo hombre nace prisionero del ancho, largo y profundidad de su conciencia. La pasión es la única protección que tenemos contra la extraordinaria vanidad de nuestros deseos. La verdad es todavía esquiva. Sin embargo, ya no es una jovencita sino una vieja ramera a quien le faltan todos los dientes delanteros. Por qué se espera más de un dictador del proletariado que de los emperadores mexicano o peruano u obtener más de lo que tuvo el pueblo francés bajo el benevolente despotismo de Luis XIV. La propiedad sólo es sagrada cuando se mantiene a salvo de las usurpaciones graduales del gobierno. La civilización es más que nada una lucha entre los diferentes estilos de ver el pasado. El cristianismo y mí anticristianismo han nacido del espíritu de resentimiento. El verdadero heroísmo consiste en no luchar en absoluto. He hecho notar también que los pensamientos más grandes son los mayores acontecimientos. Hobbes que adopté: En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales. Mis necesidades son pocas y sencillas: un clima tibio para mis huesos, una atmósfera clara para mis pulmones, buenas verduras para mí estómago y un poquitín de conversación inteligente para el ejercicio de mí mente. Wagner merecía los cuernos con que lo adorné. Así nació mí Superhombre, un hombre del «más allá», para compensar la pérdida de Dios. Quizá la vida tiene razones que yo ignoro. En el siglo veinte, en un paroxismo de frenesí nihilista, transformarán a toda Europa en un sangriento matadero y limpiarán sus pecados en la sangre de Israel. Cómo gocé el delicioso terror de la soledad, la alegría del abismo, cuando escribí a Peter Gast que estábamos en la senda, correcta: retiro y severidad para con nosotros mismos, frente a nuestro propio tribunal, y sin prestar más atención a los demás, los modelos y los maestros! Así viví como un príncipe mendigo en mí buhardilla genovesa, subiendo 164 escalones para llegar a mí fortaleza que era un nido, donde mí princesa, la posadera, me ayudaba a preparar mis comidas de vegetales y mí plato especial genovés, un deleite para los gourmets, que consistía especialmente en alcachofas y huevos. Yo, el enemigo jurado de la democracia, viví como el pueblo, bromeé y bebí con ellos, pero finalmente su necedad me llenó de pascaliano desprecio. Estaba demasiado carcomido por la enfermedad socrática y el intelectualismo griego, para vivir más de una temporada entre los idiotas tolstianos. Mí verdadero yo es simplemente una sombra. Proyectada por mí deseo prometeico captado entre el doble abismo de la ansiedad y la frustración, comencé así a considerar el ideal monástico como meta del filósofo, y busqué soledad y retiro. Toda mí filosofía se bambalea luego de una simpática conversación de una hora con desconocidos; parece tan tonto tener razón a costa del cariño. Las cosas existen más bien en la mente que en sí mismas, dijo Aquinas, y esto es especialmente cierto en cuanto a las cosas bellas, como novias y amantes. Mí Calipso rusa es, por supuesto, un producto de imaginación, pero precisamente por eso, habita eternamente en mí espíritu como una hechicera de Homero. Para resucitarme debo fijar mí atención sobre Diogenes de Sinope, cuyo cínico grito: Acuñad nuevamente la moneda, me dio la pauta para mí propia transvaloración de todos los valores. Al demostrar a los hombres inteligentes que el valor cultural circulante del Occidente estaba falsificado. ¡Falsificad la moneda en circulación! ¡Debo recordar esto! Sócrates, el mono burgués, obedeció la ley de la canalla de Atenas, y tomó veneno en lugar de desafiar al populacho. ¡No así Diogenes! Él se mofó de la tradición y las convenciones, anzuelo de los tontos que prefieren la compañía de los muertos que ya no protestan, y no se atreven a vivir en el peligro de un futuro de riesgos. Y sabía, como deben saberlo todos los filósofos, que el desprecio del placer es el más verdadero de los placeres. Ah, Diogenes, qué bien conocías la vacía caverna del charlatanismo socrático! La voz del pensamiento chilla como un ratón acorralado; no es más que el débil eco del cosmos, ¡mientras la repercusión de un cuerpo hermoso es más poderosa que todos los coros del cielo! La única posibilidad es vivir en el arte. Lo que perdemos, lo poseemos por siempre. Traté de asentar mí filosofía en el racionalismo científico antes que en los descubrimientos intuitivos de los estetas griegos. Ningún hombre es un héroe para su criado, y ningún filósofo puede ser una fuerza cósmica para su querida que lo observa desnudo con todos los estigmas del mono peludo. Mí filosofía aristocrática ha sido sólo la máscara con la cual cubrí mí sensación de humillación al pensar que las mujeres nos llevan de las narices, a su capricho, y que en su presencia sólo he sido un niño malo: César con el alma de un párvulo en pañales, blandiendo un martillo filosófico con el cual destrocé todos los ídolos, excepto el ídolo de yeso de mí pequeño ego. He declarado ser enemigo de todas las iglesias. He clamado contra la tendencia democrática de mi tiempo que transforma a la humanidad en una menguada Chandala. He negado el valor de todos los valores de la humildad y exigí una nueva tabla de aquellas virtudes naturales que al hombre mantienen erguido. He señalado a la Naturaleza como una deidad tan falsa como Dios, y he demostrado que es más acertado suponer que el universo sólo es dirigido en sus momentos más oscuros. Con toda la fiereza que poseo me he pronunciado contra la falacia fundamental del razonamiento, que es la Negación susceptible de transformarse en la Afirmación, y la Afirmación en permanente peligro de convertirse en la Negación. Abrazad cualquier fe, por ello he abogado, pero tan pronto como podáis tener un respiro, rebelaos, pues es tan necesario rebelarse como mantenerse vivo.










