Los milistas del arte
No recuerdo exactamente cuándo empezó la cuenta regresiva. Algunos dicen que fue con la Ley de Validación Cultural; otros, que ya estaba implícita desde que confundimos atención con valor. Lo cierto es que un día apareció la cifra: mil. Mil personas debían reconocer tu obra. Mil ojos, mil nombres registrados en la Red de Legitimidad. Si no alcanzabas ese umbral, dejabas de ser… sostenible. Al principio lo llamaron “optimización de recursos culturales”. Luego, sin pudor, “criterio de supervivencia”. Yo escribía, siempre escribí, ensayos, fragmentos, pequeñas ficciones que apenas circulaban entre unos pocos lectores fieles, casi íntimos. Novecientos treinta y dos, según el último recuento antes de que cerraran el sistema. Recuerdo ese número como quien recuerda una enfermedad crónica. Intenté todo. Publiqué más. Simplifiqué mi estilo. Introduje consignas, referencias reconocibles, incluso una ironía más digerible. Pero cada lector nuevo parecía costarme dos antiguos. Como si la obra, al expandirse, perdiera densidad, como si la autenticidad fuese incompatible con la masa crítica exigida. Algunos lo lograron. Los milistas, como empezaron a llamarlos. Sus rostros aparecían en pantallas públicas, con ese brillo artificial de quien ha sido aprobado por la estadística. No eran necesariamente los mejores ni los más profundos. Eran, sobre todo, los más visibles, los más compartibles, los más… repetibles. Una vez pregunté a uno de ellos, un poeta que admiraba antes de la Ley: ¿Sigues escribiendo lo mismo? Me miró con una mezcla de compasión y cálculo. Escribo lo que mil personas puedan reconocer como mío, dijo. No lo entendí entonces. Ahora sí. La noche en que se cerró el censo definitivo, el silencio fue absoluto. No hubo redadas ni violencia visible. Solo un apagón administrativo. Aquellos por debajo de mil desaparecimos del registro civil, de las bases sanitarias, de los sistemas de abastecimiento. No fue una muerte física inmediata. Fue una retirada progresiva y forzada de realidad. Intenté acceder a mi cuenta. Error. Intenté comprar comida. Error. Intenté enviar un mensaje. Error. Novecientos treinta y dos. Nunca un número había sido tan definitivo. Lo curioso es que, en ese limbo, empezamos a encontrarnos. Éramos muchos más de lo que la Red sugería. Pintores sin mercado, músicos sin algoritmo, escritores sin tendencia. Nos reconocíamos no por nuestros nombres, ya borrados, sino por una especie de persistencia inútil, una obstinación sin recompensa. Y entonces ocurrió algo que el sistema no había previsto. Empezamos a leernos entre nosotros. Sin métricas. Sin validación externa. Sin necesidad de alcanzar ninguna cifra. Leíamos con una atención casi religiosa, como si cada palabra fuera la última antes del olvido definitivo. Y quizá lo era. Alguien propuso una idea peligrosa: dejar de contar. Si dejamos de contar, dijo, dejamos de existir para ellos, pero también dejamos de existir bajo sus reglas. Era un vértigo extraño. Existir sin reconocimiento masivo, sin ese umbral de mil miradas que garantizaba la vida. Existir, simplemente, en la mirada concreta de otro. Yo tenía entonces novecientos treinta y dos. Después dejé de contar. Ahora escribo esto sin saber cuántos lo leerán. Quizá ninguno. Quizá tú seas el único. Y, por primera vez, eso no me parece una condena, sino una forma distinta de sobrevivir.










