El hombre que cerró sesión


Vivo en el apartamento de un bloque con nombre cifrado, donde las paredes son pantallas que nunca se apagan y los altavoces susurran frases de psicología aplicada. Hace algunos días cerré mi cuenta social. Días antes ya había apagado las notificaciones. Quería silencio. Quería leer libros, pensar sin que alguien me hablara cada quince minutos con una tontería. Quería ser yo sin testigos. El Estado lo llamó Trastorno de Retraimiento Voluntario Crónico en fase tres. Una patología grave. Esta mañana sonó la alarma a las 06:45. No era la alarma de despertar. Era la de verificación de interacción. "Ciudadano, detectamos 47 horas sin contacto ocular registrado con pares. Su nivel de oxitocina está por debajo del umbral terapéutico. ¿Desea iniciar una sesión de abrazo virtual o prefiere que enviemos un compañero a su domicilio?". Quiero estar solo. "Esa respuesta ha sido registrada como síntoma. Se le asigna una cita obligatoria con el psicoterapeuta esta tarde". Salí al pasillo. Las puertas de algunos vecinos se abrieron. Todos sonreían con esa sonrisa entrenada que nos enseñan en las escuelas: dientes perfectos, ojos brillantes, vacío detrás. Me miraron con poca curiosidad, y sí con esa piedad aséptica que el Estado cultiva como arma. Una mujer joven se acercó y me tocó el brazo sin pedir permiso. "Hermano, la soledad es egoísmo. Estás robándole tu presencia al colectivo. ¿No sientes el vacío?". Sentí asco. No por ella, por lo que le habían hecho. Recordé cuando yo también creía que cualquier momento sin charla, sin likes, sin compartir emociones en tiempo real era un fallo del sistema. Nos educaron para temer el silencio como si fuera la muerte. En la calle, los altavoces públicos repetían el lema del día: "Nadie nace para estar solo. La soledad es violencia contra la sociedad". En las pantallas gigantes pasaban testimonios: gente que había sido rescatada de su aislamiento. Lágrimas, abrazos, pastillas. Curados, productivos, felices. Yo caminaba rápido, con la capucha baja, pero los sensores faciales me detectaban igual. Llegué al centro de rehabilitación. El psicólogo era un hombre con bata blanca y ojos muertos de funcionario. "¿Por qué rechazas la compañía? ¿Tienes pensamientos antisociales? ¿Sientes placer en tu aislamiento? Eso es grave, ¿sabes? Indica narcisismo o, peor, ideología disidente". Elijo la soledad porque es mi libertad; porque en ella pienso, creo, respiro; porque no soy un engranaje que necesite lubricante emocional constante. Algunos necesitamos replegarnos. "Esa es la patología hablando. No eres tú, no te preocupes demasiado. Mañana empezaremos el tratamiento intensivo: inmersión total en red social 24/7, inhibidores de introspección y tres compañeros designados permanentes. En seis semanas serás normal y amarás la compañía de la gente". Escribo esto en papel, algo que no es ilegal, pero sí inusual. El sistema prefiere formatos que puedan cuidarte mejor. Miro las ventanas del bloque de enfrente. Veo muchas personas conectadas, hablando, riendo, sincronizando sus estados emocionales. Hay algo ahí que no puedo negar. Algo que, en ciertos momentos, echo de menos. Y eso es lo peligroso. Porque no sé cuánto tiempo podré sostener esta convicción sin fisuras. No sé si mi deseo de soledad es libertad o una forma de repliegue enfermizo. No sé si resistir es pensar o simple desvarío. ¿Y si tienen razón? Sigo aquí. Solo. Por ahora.



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