Después de los extremos


Al principio nadie lo llamó purga. Se hablaba de equilibrio, de corrección estadística, de higiene social. Yo mismo, que entonces aún confiaba en los nombres, repetía esas palabras como si contuvieran una lógica suficiente para justificar lo que empezaba a ocurrir. Decían que los de abajo distorsionaban la media. Eran demasiado torpes, demasiado improductivos, demasiado visibles en su fracaso. Se les fue retirando, primero simbólicamente, de los registros, de los espacios públicos, y después físicamente. Desaparecieron sin ruido. Recuerdo no haber sentido alivio. El sistema funcionaba mejor, es cierto. Las cifras mejoraban. La curva se estabilizaba. Nadie lo decía en voz alta, pero todos entendíamos que habíamos ganado cierta claridad... Era más fácil pensar en un mundo sin extremos inferiores. Pero la música duró poco. Cuando los de abajo ya no estaban, cuando la mediocridad parecía por fin rodeada solo de sí misma, alguien señaló hacia arriba. Fue algo administrativo. Los de arriba, dijeron, distorsionan también. La inteligencia es la más cruel de las discriminaciones. Demasiado brillantes, demasiado capaces, demasiado difíciles de replicar. Introducen desigualdades inaceptables. Generan aspiraciones que desestabilizan el conjunto. Son, en el fondo, una anomalía estadística. Esta vez tampoco hubo alivio. Hubo una incomodidad que nadie sabía nombrar. Yo conocía a algunos de esas personas cuya inteligencia no pretendía ser una ofensa. Eran una apertura. Su excelencia no oprimía, iluminaba. Pero la lógica ya estaba en marcha. Fueron desapareciendo también. Primero se limitaron sus campos, luego se les pidió que simplificaran, que se ajustaran, que no sobresalieran tanto. Más tarde, se les invitó a retirarse. Finalmente, dejaron de estar. La palabra “equilibrio” volvió a pronunciarse con la misma serenidad inicial. Y, de nuevo, las cifras mejoraron. Entonces comprendí que no se trataba de una guerra contra los extremos. Era una defensa activa de la mediocridad como sistema, como objetivo. Aunque lo curioso no era que la mediocridad hubiese ganado, porque nunca había estado en peligro. Porque, una vez eliminados los de abajo y los de arriba, no emergió ninguna plenitud. No apareció una humanidad depurada ni una inteligencia colectiva más armoniosa. Lo que quedó fue una superficie lisa, sin accidentes, sin profundidad, sin tensión. Un mundo en el que nada fallaba gravemente, pero tampoco nada destacaba de verdad. Todo era suficiente. Todo era correcto. Todo era, en un sentido inquietante, intercambiable. Yo mismo me volví más correcto. Mis pensamientos se hicieron más previsibles, mis palabras más seguras, mis dudas más discretas. Aprendí a no desviarme, a no insistir, a no llevar ninguna idea hasta su extremo. Había una especie de vigilancia difusa, pero más poderosa que cualquier policía: la presión constante de no ser demasiado ni demasiado poco. A veces me preguntaba qué había pasado con el error, con el exceso, con la genialidad torpe o con la torpeza luminosa. Pero esas preguntas no encontraban lugar donde asentarse. No estaban prohibidas; simplemente no eran pertinentes. Como si el propio lenguaje hubiese sido reajustado para no albergar aquello que ya no debía existir. Cada cierto tiempo, nuevas desviaciones eran detectadas. No ya grandes talentos ni grandes fracasos, sino pequeñas irregularidades, leves inclinaciones, imperceptibles excesos de intensidad o de torpeza. Se las corregía con la misma calma inicial. El proceso no tenía fin, porque la perfección de la mediocridad exige una vigilancia perpetua contra cualquier forma de singularidad. No sé muy bien en qué lugar de la curva me encuentro. Sospecho que en el centro, o lo suficientemente cerca como para no ser señalado. Pero a veces, cuando una idea se me vuelve demasiado precisa, o cuando una duda se me hunde demasiado hondo, siento un leve temblor: la posibilidad de estar desviándome. En esos momentos, me corrijo, no por convicción, ni siquiera por miedo. Me corrijo porque he aprendido que la mediocridad no es una condición que se alcance, sino un equilibrio que se mantiene. Un esfuerzo continuo por no caer ni ascender demasiado. 

Entradas populares