Circe y los cerdos
Entre los que han leído demasiado, siempre hay un instante en que terminan mirando la vida como quien mira una bandeja de pasteles detrás del cristal. Goethe supo antes que nadie que el conocimiento, cuando se calienta demasiado, empieza a oler a carne. Fausto ya no quiere solo saber, quiere rozar el borde del mundo, comer la manzana antes de que se vuelva símbolo, entrar en la noche con el entusiasmo un poco ridículo de quien ha llegado a la conclusión de que el vértigo es una forma superior de la inteligencia.
Hermann Hesse había entendido esa tentación con una tristeza más moderna. El lobo estepario, después de quedarse solo, desea la fiesta, la música, la mujer, el humo, la pérdida de estilo, todo aquello que el yo civilizado llamaría caída. Como si el espíritu, después de tanto ascetismo, reclamara su derecho a desordenarse un poco, a volverse incompetente, a vivir sin la tiranía del significado.
Y Nietzsche, que fue el más severo y el más desobediente, habría sonreído ante este pequeño drama de hombres que desean ser altos y bajos a la vez. Él sospechaba de las almas demasiado limpias de los que confunden virtud con anemia. Quiso un pensamiento con sangre, una filosofía que no temiera ensuciarse las manos con la vida. Por eso sus personajes interiores parecen a veces animales que han aprendido a hablar, o predicadores que añoran el bosque. En el fondo, Nietzsche pide pureza con intensidad; no pide santidad, sino una fuerza capaz de soportar la contradicción sin complejos solemnes.
Todo esto me recuerda a Circe, por supuesto. La hechicera convierte a los hombres en cerdos para recordarles que bajo la gramática y el polvo libresco late una fauna antigua. El cerdo es una humillación y una revelación. También el sabio, cuando abandona el pupitre y se deja arrastrar por el deseo, descubre que la cultura no lo había salvado de la naturaleza animal, solo la había aplazado.
Hay, sin embargo, una melancolía en esta intuición. El sabio que se vuelve disipado, el erudito que se entrega al exceso, no siempre busca placer; a veces solo busca descanso de sí mismo. Así seguimos, entre Fausto y el lobo, entre Nietzsche y Circe, entre el deseo de altura y la nostalgia del barro, como si la vida no fuera otra cosa que esa oscilación un poco cómica entre la biblioteca y el lodo del camino.










