El hombre que mató a la verdad


Caminas entre libros, debates y nombres que han intentado, durante siglos, fijar algo que siempre parece escaparse: la verdad. Te han enseñado que la filosofía buscaba fundamentos sólidos, universales, casi eternos. Pero entonces aparece Rorty.  

Lo escuchas, lo lees decir que tal vez no haya nada que descubrir en ese sentido profundo y definitivo. Que la verdad no es una roca firme bajo tus pies. Que es algo más parecido a una conversación en marcha. Y entiendes por qué muchos lo llamaron, casi con temor, “el hombre que mató la verdad”. Pero pronto sospechas que esa acusación es demasiado simple, casi una caricatura.

Te detienes en la idea, más incómoda, de la contingencia. Comprendes que no estás sostenido por esencias universales, que ni tus valores, ni tu identidad, ni siquiera tu lenguaje son necesarios o inevitables. Son el resultado de historias, accidentes, herencias culturales. Podrían haber sido otros. Podrías haber sido otro.

Esa idea inquieta. Porque si no hay fundamentos absolutos, te preguntas, ¿qué queda? Rorty no te pide que sigas buscando una verdad última. Te invita a cambiar de pregunta. Ya no se trata de qué es verdadero en un sentido metafísico, se trata de cómo vivir juntos sin destruirnos, de cómo reducir el abuso y la crueldad, de cómo ampliar la capacidad de reconocer al otro.

Empiezas a ver que el problema es ético y no epistemológico. Miras a tu alrededor. Ves un mundo fragmentado, atravesado por relatos incompatibles, por desconfianza, por lo que llaman “posverdad”. Algunos, frente a ese caos, exigen volver a fundamentos absolutos, como si pudieran restaurarse. Otros parecen aceptar que todo vale lo mismo, como si ninguna diferencia importara. 

Pero tú intuyes que hay otra vía y comprendes que no necesitas verdades eternas para sostener una vida sin abusos. Te das cuenta de que los grandes cambios no nacen solo de argumentos rigurosos. También nacen de nuevas formas de narrar el mundo. Empiezas a mirar a los novelistas, a los poetas, a los artistas, no como figuras marginales, sino como agentes capaces de ensanchar lo que consideras posible, de enseñarte a sentir de otra manera. Te reconoces, poco a poco, en la figura del ironista liberal.

Sabes que tus creencias no tienen un fundamento último. Sabes que podrían ser distintas. Y, sin embargo, no por eso renuncias a ellas. Sigues defendiendo la libertad. Sigues rechazando la crueldad. Sigues comprometido, aunque ya no puedas justificar ese compromiso con verdades eternas. Y descubres que eso es una forms distinta de firmeza, no de debilidad. 

Empiezas a sospechar que la pérdida de fundamentos no es una catástrofe. Ya no buscas certezas absolutas. Buscas, más bien, formas de convivir mejor. Prácticas que reduzcan el abuso. Lenguajes que acerquen en lugar de separar. Historias que hagan a los otros menos extraños. Y en ese desplazamiento, casi sin darte cuenta, dejas de preguntarte qué es la verdad en sí misma. Y empiezas a preguntarte qué puedes hacer, junto a otros, para que el mundo sea un lugar donde cada uno pueda elegir su estilo de vida y su concepción del bien sin pisotear los de los demás.

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