La comedia del emparejamiento
Leo que hay evidencia de que el atractivo físico pesa mucho en la elección real de pareja, pero no de que eso permita concluir que las mujeres no seleccionan la inteligencia en absoluto ni que la inteligencia sea irrelevante evolutivamente. En cambio, también leo que la altura sí muestra un patrón de preferencia y emparejamiento más claro que muchas otras variables. Las mujeres parecen ponderar la inteligencia, pero muchas veces lo hacen a través de señales más visibles o funcionales como el estatus, ambición, recursos, seguridad o competencia social.
Y es que los datos se comportan como metáforas y las metáforas acaban haciendo de estadísticas. Hombres y mujeres dicen una cosa en las encuestas y hacen otra en la pista de baile, en el bar o en una conversación. El ser humano, cuando responde un cuestionario, se parece a un pequeño burócrata de sí mismo, deseoso de quedar bien ante el espejo de la especie.
La inteligencia sería un adorno noble, un jarrón chino colocado junto a la puerta, pero raramente escogido como compañero de viaje. Lo que verdaderamente abriría paso no sería el coeficiente intelectual, sino la mandíbula bien trazada, las promesas que suenan bien, la sonrisa, el aire de desafío de quien parece haber nacido con una historia importante. La inteligencia, si aparece, lo haría disfrazada de otra cosa como la ambición, la posición o los recursos.
Si la selección fuera intelectual como algunos imaginan, la evolución lo hubiera mostrado, y no sucede así. Hay guapos con una inteligencia mediocre, y genios que parecen haber perdido en el sorteo de belleza. Jeje, la altura sí parece que ha dejado una huella más clara, y ha tenido mejor suerte que el entendimiento. Claro, la primera se ve desde lejos, la segunda necesita conversación, paciencia, y a veces incluso una biblioteca.
Así, la vieja discusión termina donde empiezan casi todas las discusiones humanas, en la distancia entre lo que decimos de nosotros y lo que realmente nos gobierna. El yo enmascarado declara su preferencia por la mente; el cuerpo, mucho más antiguo y menos ideológico, vota a menudo por otras cosas. Entre ambos se abre esa fractura donde prosperan la literatura, la psicología y las pequeñas humillaciones del amor. Porque si algo enseña este asunto es que la especie humana, tan orgullosa de su lucidez, sigue eligiendo con una mezcla de cálculo, ceguera y comedia, como si cada encuentro sentimental fuera una novela escrita por un autor que no termina de decidir si está contando una farsa o una teoría.










