Novalis: la herida del ideal


Leo a Novalis: «Cada obra de arte lleva en sí un ideal a priori, una necesidad interna para existir».

En esta frase Novalis se limita al arte. Pero cada persona, artista declarado o no, lleva dentro un ideal a priori, una exigencia imposible que, al no cumplirse, le desgarra la vida. Vivir es perseguir un ideal que nos precede y nos supera. Por eso tal vez toda existencia se incline hacia el fracaso. Lo que nos da sentido es también lo que nos destruye. El ideal que llevamos dentro no tolera la realidad. En el fondo, nadie vive su vida, sino la sombra inalcanzable de un ideal que lo consume. Cada ser nace con una vocación imposible; fracasar en ella es su modo de existir.  

Si el ideal interno se absolutiza como “lo que debo ser” sin resto ni límite, la moral se convierte en una exigencia infinita que no admite compromiso, debilidad ni ambigüedad. De ahí al fanatismo hay un paso mínimo: toda concesión a la realidad aparece como traición al ideal, y entonces el otro ya no es alguien con quien convivir, sino un obstáculo que eliminar o reeducar. 

En política, cuando ese ideal utópico se proyecta como “sociedad perfecta” o “hombre nuevo”, la estructura es totalitaria casi por necesidad. Todo lo real debe ser triturado y reconfigurado para ajustarse al ideal. Partido único, centralización absoluta, pedagogía permanente de las masas. Son formas institucionales de esa lógica que no soporta la imperfección de la vida. 

Cuando el ideal se experimenta como inalcanzable y, además, desfondado, sin Dios, sin telos histórico claro, el sujeto queda solo ante su propia imposibilidad, que es desde donde parte el germen del existencialismo y del pesimismo filosófico. Si además se sospecha que todos los ideales son construcciones vacías, la reacción natural es el cinismo (“todo es máscara, interés, espectáculo”) o el nihilismo (“nada tiene sentido”). 

El pesimismo metafísico nos dirá que no es solo que nuestros proyectos fracasen, sino que la propia estructura de lo real es hostil o indiferente a nuestras exigencias de sentido. Entonces el divorcio entre ideal y realidad ya no es solo psicológico o social, sino ontológico. La vida misma parece estar mal hecha, y el fracaso aparece como la forma universal de lo existente. 

No sé donde situarme en este recorrido. Pero me temo que a lo largo del día voy fluctuando por todos esos estados de conciencia. Porque ese ideal que tanto nos influye quizás no sea más que una vieja energía religiosa. Los creyentes la pondrán nombre; los teístas la darán forma humana, y los ateos la derivarán a la antropología. Y como toda energía poderosa, siempre hay alguien dispuesto a capturarla: los supuestos ventrílocuos del "absoluto" —líderes, profetas y mesías— la fijarán en escrituras y manifiestos, para utilizarla como instrumento de poder.  

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