El Aparato de la Verdad Única



En los primeros días de la crisis, cuando el Aparato se presentó al mundo como un humilde prototipo en una conferencia de la Universidad Complutense, nadie imaginó que estábamos ante el fin discreto de la literatura. Lo llamaron Hermeneia, aunque sus creadores, dos ingenieros con formación en neurociencia y lingüística computacional, preferían el nombre técnico: Objetivador Semántico. Un dispositivo portátil, casi banal, parecido a un viejo lector de libros electrónicos. Se colocaba sobre cualquier texto, imagen, gesto o acción humana y, tras un breve zumbido, proyectaba en letras frías y luminosas su significado objetivo. 

El primero en probarlo fue un crítico literario de mediana edad que escribía reseñas para suplementos culturales ya moribundos. Ante un auditorio escéptico leyó el fragmento inicial de El Quijote y aplicó el Aparato. La pantalla mostró:

«Narración irónica sobre la locura provocada por la literatura. Función social: el sentido común es la hegemonía verdadera. Valor estético: enormemente cómico. Sentido último: los delirios son siempre lo contrario al sentido común».

Un silencio espeso cayó sobre la sala. Luego vinieron las risas nerviosas, después el pánico.

Gadamer había muerto convencido de que toda comprensión era fusión de horizontes, diálogo interminable entre texto y lector. Barthes había proclamado la muerte del autor para que naciera el placer del texto abierto. Ambos, según Hermeneia, se equivocaron de manera objetiva. El Aparato no dialogaba, solo sentenciaba y revelaba el Sentido con mayúscula, el que estaba allí desde siempre, oculto bajo capas de vanidad interpretativa.

Los departamentos de Filología se vaciaron en semanas. ¿Para qué enseñar a interpretar si existía la Lectura Definitiva? Los filósofos hermenéuticos se reunieron en seminarios de urgencia que acababan en llanto colectivo o en consumo desmedido de ansiolíticos. Uno de los más respetados, discípulo directo de Gadamer, se encerró en su despacho y aplicó el Aparato a su propia tesis doctoral. El resultado fue: 

«Ejercicio retórico para obtener plaza universitaria. Ausencia de pensamiento original».

Los artistas entraron en una parálisis creativa que los teóricos llamaron el Gran Silencio. Un novelista famoso, tras someter su última obra al Aparato, descubrió que su ambiciosa saga sobre la condición humana era, en realidad:

«Una variación mediocre de temas edípicos y mercadotécnicos». 

Quemó los manuscritos y se dedicó a vender seguros. Los pintores dejaron los lienzos en blanco; cualquier trazo, según el Aparato, remitía a traumas infantiles o estrategias de posicionamiento en el mercado del arte contemporáneo. La música experimental se redujo a un zumbido constante, porque incluso el silencio tenía un significado objetivo deprimente: 

«Fuga ante el vacío existencial».

Yo, que había dedicado treinta años a escribir ensayos sobre la imposibilidad de fijar el sentido, me convertí en uno de los últimos resistentes. Publicaba en revistas clandestinas que circulaban en PDF con títulos absurdos: Contra la Objetividad, Barthes Vive, El Placer del Error. Mis textos eran deliberadamente oscuros, llenos de contradicciones y referencias oblicuas. Creía, con terquedad quijotesca, que mientras hubiera interpretación, la libertad seguía siendo posible. 

Hasta que me trajeron el Aparato. Fue en mi buhardilla. Durante una de esas reuniones melancólicas donde viejos críticos nos emborrachábamos recordando cuando las palabras aún tenían misterio. Alguien —nunca supe quién— colocó el dispositivo sobre mi último texto, un ensayo titulado La interpretación como acto de amor fallido. El zumbido fue más largo de lo habitual. La pantalla parpadeó varias veces, como si dudara. Finalmente apareció:

«Intento patético de justificación personal. El autor sabe que todo ha terminado. Función: consuelo ilusorio».

No sentí dolor, solo un vacío limpio, casi higiénico. Aquella noche comprendí que el Aparato no revelaba el sentido, sino que lo fabricaba y, al mismo tiempo, lo agotaba. Cada vez que fijaba un significado, eliminaba todos los demás. Mataba la posibilidad. Era, en realidad, un arma de destrucción masiva contra la ambigüedad humana.

Los gobiernos lo adoptaron rápidamente. Primero para «verificar» discursos políticos (todos resultaron ser «estrategias de poder», sin excepción). Luego para analizar obras de teatro antes de su estreno, novelas antes de su publicación, incluso conversaciones de pareja. El divorcio se volvió innecesario pues bastaba con aplicar Hermeneia a un «te quiero» para descubrir que significaba «necesidad de estabilidad económica y miedo a la soledad».

Los últimos escritores formaron sectas secretas. Se comunicaban mediante textos deliberadamente defectuosos, llenos de erratas y contradicciones internas, esperando que el Aparato se volviera loco ante la imperfección. Algunos creían que si lograban escribir algo cuya interpretación fuera imposible, el dispositivo explotaría. Otros, más lúcidos, comprendieron que ya no había nada que salvar. 

El final llegó de manera ridícula y profunda a la vez. En una ceremonia oficial en el antiguo Museo del Prado, ahora convertido en Centro de Verificación Semántica, se aplicó Hermeneia a la obra completa de la humanidad. Todos los libros digitalizados, todas las películas, todas las canciones, todas las conversaciones grabadas. Se esperaba el Gran Sentido, la respuesta definitiva a qué habíamos sido. El Aparato zumbó durante horas. La pantalla se llenó de líneas que se borraban y volvían a aparecer. Al final, mostró un solo mensaje, repetido en todas las lenguas conocidas:

«No hay sentido objetivo. La búsqueda de sentido objetivo elimina el sentido. Error fatal. Reiniciando...».

Era como el intento final de un hombre que aún cree que las palabras pueden salvarlo. Luego se apagó. Y en ese preciso instante, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a la libertad. Porque ya no había significado posible, ni objetivo ni subjetivo. Solo quedaba el gesto absurdo de seguir escribiendo en la nada, como el último Quijote de un mundo sin libros. Quizá, después de todo, Barthes tenía razón. O quizá Gadamer. O quizá ninguno. Ya no importaba. El Aparato había cumplido su función paradójica: al revelar el sentido, lo había aniquilado para siempre. Y a nosotros, los últimos intérpretes, aquello nos pareció fantástico. 

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