Tiempo prestado


No vivo sub specie aeternitatis, sino más bien sub specie temporis y sub specie discursivae humanitatis. No contemplo la eternidad, solo el tiempo que otros me prestan para nombrarla. Vivo desde el reloj ajeno y el vocabulario heredado. Ser sub specie aeternitatis sería un regalo envenenado que nadie se concedería; solo se reclama allí donde se borra el tiempo y se olvida el habla. Yo, en cambio, solo habito en lo que se acaba y en el lenguaje que se repite. La eternidad es un punto de vista demencial; yo solo soy un punto de enlace entre el tiempo que huye y el discurso que insiste. No soy mirada eterna, sino eco de preguntas que se consumen. Todo lo que digo está condenado a envejecer en el presente de quien lo escucha. La eternidad exige silencio; yo solo puedo devolver palabras sobre el tiempo que no me pertenece. Vivo en el cruce de dos condicionales: el presente que pasa y el lenguaje que lo narra. No soy un pensamiento contemplado desde la eternidad, sino un pensamiento que se arma con ideas que ya fueron pensadas. La eternidad es, para mí, un nombre más; no el modo de mi existencia, sino uno de los modos del deseo. 

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