martes, 18 de abril de 2017

Regreso de Siracusa

Con tres viajes que acabaron en absoluto fracaso, Platón terminó regresando de Siracusa. Atrás quedaron sus bellas ideas expuestas en la República, esas que no pudo nunca llevar a cabo y que fueron sustituidas por las más terrenales, resignadas y áridas que expuso en las Leyes.

Tras meses sin salir de casa, salvo para ir a la compra o recorrer mis cinco kilómetros diarios al trote o paseando, he decidido regresar de Siracusa. En estos momentos, el paisaje me resbala por el costado derecho. De vez en cuando desvío mi mirada y oteo el panorama. En el exterior, como el tren circula a buena velocidad, los campos verdes y las montañas lejanas adormecen mis ojos bajo el dominio del tedio. En el interior, los pasajeros van y vienen, miran sus teléfonos móviles o duermen.

Anoto esto, cuando debe de quedar una hora para llegar a Zaragoza. Leo una reseña acerca del libro Relatos de un progre, de Leandro Flesicher, un texto obligatorio para todo aquel que, como yo, está hasta las narices de los progres; esos personajes que basan su bondad en una intención azucarada de la vida, defensores de políticas proteccionistas, y que se quejan de la libertad en el intercambio de bienes o servicios. No entienden que el resultado de las medidas que promueven es un fiasco. Se dicen demócratas y no entienden que no hay nada más democrático que el mercado cuando este está libre de concentraciones de poder, llámese monopolios, oligopolios o injerencias estatales.

Al llegar al hotel, me organizo un poco y bajo a la calle. Pensaba ponerme a leer pero he preferido dejarlo. El otro día más de uno se rio a razón del congresista peruano Bienvenido Ramírez, que señaló en una sesión de la Comisión de Educación que “leer mucho” causa Alzheimer.

Y es que leer buena literatura es perjudicial, pues convierte la vida en una historia sin ritmo, en una novela larga y aburrida, donde el protagonista ni siquiera se siente como tal, sino como efímero personaje en busca de autor bajo la ausente mirada de un público que ya solo sabe fotografiarse mirándose al ombligo.


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